SOPORTAR EL DOLOR
Alejandra Fernandez Comentarios 0 comentarios
El dolor por la frustración, el dolor de la soledad, el dolor por sentir que lo has dado todo y aun así no ha funcionado, el dolor de no poder decir las cosas que te gustaría decir para que las cosas fueran más fáciles, pero sabes que no habrá recepción del otro lado, porque el otro es otro, no eres tú.
Hoy por la mañana de este sábado gris le envié una foto de la ventana de mi habitación, desde la cama, a mi amiga Marcela que por estos días está en Barcelona para la boda de su hija. Una mañana recibí una foto suya y me encantó, fue una forma de estar ahí, en ese lugar, mirando a través de esa ventana el cielo azul. Quedó como una forma bonita de decirnos buenos días desde el lugar del planeta en donde nos encontremos.
Al rato sonó el teléfono. Ella estaba del otro lado, a 2000 km de distancia, esta vez en la misma zona horaria, así que nos pusimos a hablar de lo que hicimos estos últimos días desde mi vuelta de Barcelona.
El fin de semana pasado la fui a visitar y tuvimos tres días de risas, charlas divertidas, otras intensas. Profundizamos tanto que comencé a sentir mi corazón encogerse por la emoción y, segundos más tarde, se hinchó de felicidad. Comencé a ver mis heridas. Estaba en mis manos moverme y sanar. Era tan importante lograr ver dónde se encontraba la herida, la vi tan claramente, abierta, sangrando despacito, sin cicatrizar, que dolía, pero no mucho. Solo lo noté cuando ella tocó mi herida al hacerme ciertas preguntas.
Uno de los días en Barcelona, hablando de estos temas de la vida, comentó una frase que me quedó resonando. Quedó taladrando despacito en mi cabeza como pequeños golpes de esos que se escuchan a la distancia: “Soportar el momento”. Se refería a algo que yo le había comentado. Ella me sugería que yo en esos momentos, debía soportar el dolor y la frustración: si no soportaba ese momento y, en cambio, reaccionaba contra la persona con la que tenía el conflicto, todo podía terminar en un desastre, discusiones, peleas.
Hoy por la mañana, hablando con Marcela por teléfono de una situación mía en particular, que me movió toda la estantería de mi soledad, volvió a salir el tema de “Soportar el momento”. Y esta vez me cayó la ficha.
Soportar el momento no se trataba de paciencia, de aguantar el chaparrón, de que amainara la tormenta, sino de soportar el DOLOR. El dolor que me produce sentirme, a veces, muy sola. La mayoría de las veces la paso genial, disfrutando de mi soledad, de mi libertad, de mis ganas de hacer cosas. De mi posibilidad de viajar adonde tenga ganas. Es cierto que, a veces, echo de menos los viajes en pareja. Esos viajes que he hecho con ciertas personas con las que me he sentido más valiente de lo que yo creo que soy. Como todo en la vida, cada cosa que hacemos tiene su lado bueno y su lado no tan bueno, que a veces pesa más.
De soportar el dolor de la frustración de lo que pudo haber sido y no fue, sin caer en la idealización, sino en la realidad de preguntarse qué parte del mensaje no entendimos.
En la charla, salió el tema de una película que yo había visto tres veces. Sin embargo, hablando con ella caí en la cuenta de que me identificaba mucho con el personaje de Kate Winslet en “The Holiday”. El personaje, al igual que yo, vivimos esa soledad que a veces generaba que cayera en la tentación de aceptar invitaciones que no me hacían bien, de contestar mensajes que, a veces, era mejor dejar sin responder aunque el peso enorme de creer que todo mensaje debería contestarse fuera tremendamente tentador. Ahora, empiezo a darme cuenta de que a veces sería mejor no responder estos mensajes que me dañan.
Sin ir más lejos, la semana pasada recibí una invitación a una comida por la celebración de unas bodas de platino. 55 años. Era una comida familiar, de una familia a la que ya no pertenezco, pero ellos me quieren mucho y me invitan a todos los eventos habidos y por haber. Siempre les he dicho que sí porque son personas encantadoras, maravillosas, adorables. Y aunque iba de buen grado, el después se volvía molesto, inquisidor, controlador. La herida se hacía presente, molesta, picaba, dolía y jodía.
Y aquí apareció mi amiga con su frase: Soportar el momento. Atravesar el dolor de no pertenecer, de la soledad mezquina, de la frustración, del querer y no poder. Qué frase más poderosa.
Si cada uno de nosotros pudiera revisar esos momentos que hemos vivido de plantar cara a esas situaciones donde tenemos dos caminos a elegir: Afrontar o Soportar, seguramente muchos de nosotros recordaremos esos momentos en que hemos decidido enfrentarnos a la situación. Pero luego de esta charla me he dado cuenta de que muchas veces lo mejor es soportar ese dolor que nos produce algo que nos molesta, para luego ver cómo las cosas se van acomodando solas.
Cuántas veces nos ha pasado que luego de una discusión hemos pensado: ¿por qué no me quedé callada? ¿Por qué no dejé pasar ese momento? Pasar el momento soportando el dolor para luego ver que las cosas de todas formas, se iban acomodando.
Ojo, que ésto, como me dijo mi amiga, no va de ir por la vida siendo mártires. Solo aplica a situaciones complicadas con seres queridos. Poner límites hace bien y cuánto bien hace, lo dice una persona que aprendió hace poco y sigue aprendiendo a ponerlos. Pero a veces, con los seres queridos, es preferible soportar el dolor y entender que el dolor, el enfado, el comportamiento del otro pertenece al otro, no es mío.
Yo elijo estar o no con esa persona desde mi lugar, no desde el suyo. También es una forma de poner límites. De no entrar en situaciones complicadas que no nos llevan a ningún lado, y al poder verlo desde una perspectiva no egoísta, podemos elegir soportar el momento, y así, entender que lo que le pase al otro, le pertenece al otro, y yo puedo verlo siendo observadora de la situación, no participante. Yo elijo respirar profundo, dar un paso al costado y seguir el camino, acompañando y observando. El Universo o lo que sea como se llame, pone siempre las cosas en su lugar.
Yo hoy elijo soportar el momento, mi dolor, mi soledad elegida, porque sé en mi interior, muy profundamente, aunque mi ego luche y quiera defender sus derechos, pelear por lo que considera justo, sufrir por la frustración de lo que pudo haber sido y no fue, que me espera una vida bonita que yo elijo crear.
Al fin y al cabo, soy yo con mi vida y con lo que yo elijo vivir.
