ABRAZANDO LA NIÑA QUE FUI

ABRAZANDO LA NIÑA QUE FUI

Esta semana, en una sesión de Coaching con mi gran colega Ana, salió a la superficie la pequeña Ale, de tan solo 9 años, sentada en su pupitre de madera en la Escuela Italiana Tomas Devoto en Buenos Aires.

Era una niña callada, tímida, quizás introvertida, con su largo pelo castaño atado en una coleta. Se sentaba en la primera fila de pupitres y siempre sabía las respuestas a las preguntas de su maestra Sonia.

Como era una niña a la que le gustaba participar, a pesar de su timidez, siempre levantaba la mano. Sabía las respuestas. Cuando les daban tareas de matemáticas en la clase, ella siempre terminaba antes que sus compañeros y su maestra le daba un libro para leer “para que no molestara a sus compañeros mientras terminaban sus tareas”. Así que calladita no molestaba, aunque ella no fuera una niña que hablara mucho ni molestara.

En algún momento la pequeña descubrió que si terminaba antes, podría leer las aventuras de los libros de cuentos que le daba su maestra, así que terminaba sus ejercicios sabiendo que recibiría un libro con aventuras y eso era mucho más divertido que resolver los aburridos problemas matemáticos. Le gustaban los recreos, donde jugaban a la mancha y a otros juegos de niños. También defendía a un compañero, Leo, un chico desgarbado y delgado que usaba unos anchos anteojos de vidrio de botella. El resto de los compañeros siempre se burlaban de él, y ella, a pesar de ser “La Peti” para sus compañeros, lo defendía de los ataques verbales. Era una niña pequeña de estatura, inteligente, curiosa, los maestros la querían. Se dejaba querer. Amaba las clases de italiano. La maestra era una señora italiana, mayor, delgada con el cabello blanco y corto, que le caía muy bien, ella sacaba las mejores notas. Le resultaba muy fácil aprender el idioma.

A los 9 años, iba a sus clases de inglés en la Academia Cultural Inglesa del barrio de Villa Devoto. Una tarde iba con su madre y le dijo que no quería estudiar más inglés, que no le gustaba. Ella quería aprender alemán, sin saber por qué. Su madre con mucha lógica, le dijo que no. El alemán no lo habla nadie, y el inglés se habla en todo el mundo, le contestó.  Seguramente la niña lo entendió, y en silencio se dirigió a sus clases de inglés que no le gustaban. Por algún motivo no le gustaba participar de las clases. Se pondría en evidencia y se notaría que no sabía y que no le gustaba. Siguió yendo por muchos años hasta que, ya adolescente, decidió que no iba más. Había pasado 8 años aprendiendo un idioma que no le gustaba.

En su casa eran muy exigentes con los estudios. Había que sacarse buenas notas sí o sí. Y ella era una niña buena. Tenía muy buenas notas.

La idea de aprender el idioma alemán, con el tiempo, se le fue olvidando. Pero un día vio a alguien vistiendo una chaqueta verde con una bandera alemana en el brazo. Y le encantó. Le dijo a su madre que quería entrar al colegio alemán, pero en ese colegio aceptaban hijos de alemanes le dijeron. Así que la anotaron en el Liceo 9, un instituto con un programa especial donde tuvo que hacer un examen para entrar. Lo aprobó y entró. Tenía muchas materias: química, física, inglés, francés, latín, biología con laboratorio y todas las demás. Era una buena estudiante, aunque no le gustaba destacar. Nunca le gustó destacar. La escuela no era para ella. Ella sabía que podría sacar mucha información general, cultura, pero las raíces al cuadrado y los algoritmos no le gustaban. Era muy buena en historia, le encantaba. Geografía se le daba bien. Y aunque era una niña tímida y vergonzosa, la gente escuchaba lo que ella tenía para decir.

Muchos años más tarde, la que aquí escribe, terminó finalmente viviendo en Alemania, sin haberlo elegido de forma explícita y, sin saber el idioma, un buen día llegó, por las vueltas del destino, a este país. Se dio así por esas cosas del Universo. Un buen día me tocó partir para Alemania. Elegí seguir al amor. Un guapo alemán que conocí en Portugal y me convenció de venir. Ya llevo 13 años en Oberpfalz, Baviera, Alemania, con muchas batallas mentales que, hasta ahora, he ido perdiendo. Hasta que esta semana decidí apuntarme a un curso de pronunciación en alemán y al hacer un ejercicio que se llama La Rueda de la Vida, aplicado esta vez al aprendizaje del idioma y a las interacciones sociales y culturales, y comparando en el gráfico las características de mi vida en Alemania con mi vida en Argentina o España, me di cuenta que, aquí, estaba al 50% de mis capacidades sociales, lingüísticas y/o de interacción.

Luego de la sesión con mi colega Ana, llegué a la conclusión de que eso se debía a que no quería molestar. Hablaba bajo, para no molestar a aquellos que no pudieran entenderme, con la consecuencia de que siempre me sentía regañada ya que no me escuchaban, por lo tanto tenía que repetir lo que había dicho. No he participado en distintas situaciones para no molestar, por si la gente no entendía lo que yo quería transmitir. He escondido mi forma de ser para no molestar a aquellos que remarcaban mi temperamento diferente, lo frech (descarada) que era. No he escuchado a esa niña inocente que tanta información tenía para darme. Aquella niña que con 9 años ya sabía que, años mas tarde, iba a vivir en Alemania, la niña que, a pesar de sus miedos, participaba de diferentes actos de la escuela, bailando en las fiestas ante la mirada de la gente, que destacaba en gimnasia en los deportes de grupo, que destacaba por sus conocimientos delante de sus compañeros de escuela,  aquella niña buena, generosa, empática, inteligente y valiente.

Por eso, hoy, aquí, le digo a esa pequeña niña: Lo siento, perdóname, te amo, gracias.

Aplico el H’oponopono, que tanto me gusta y tan bien me hace, con ella y conmigo. Para poder abrazarnos y así, con esa mirada pícara, característica de Ale pequeña y Ale mayor, nos sonreímos agradeciendo el camino y las experiencias vividas.

Gracias, Gracias, Gracias.

2 comentarios en «ABRAZANDO LA NIÑA QUE FUI»

  1. Me encanta…me encantan todos…pero este texto especial porque el tiempo a veces nos pone donde estamos y sólo nos queda hacer balance y redirigir…

    1. Muchísimas gracias Alicia! El tiempo y la vida nos ponen donde podemos aprender. Para poder aprender y hacer el balance que comentas, siempre sugiero mirar como observadora de la situación, desde fuera y ver como actúas/actúan y así podrás hacer un balance y redirigir hacia donde quieras ir. Muchas gracias por leerme!!

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