¿En qué momento dejamos de celebrar la vida?

¿En qué momento dejamos de celebrar la vida?

Esta mañana encendí un incienso, abrí las ventanas, puse música y escribí dos listas: una con lo que quería dejar ir y otra con lo que quería invitar a mi vida. Mientras lo hacía comprendí por qué llevo años disfrutando estos pequeños rituales.

Si alguien me hubiera dicho hace 16 años que un día esperaría con ilusión el Solsticio de Verano o el levantamiento del Maibaum, probablemente habría arqueado las cejas. Sin embargo, vivir en Alemania me regaló algo inesperado: descubrir el valor de los rituales.

Aquí, en Baviera, los rituales forman parte de la vida cotidiana. No son algo excepcional. Se visten los trajes tradicionales para las grandes fiestas, muchas parejas se casan respetando la indumentaria propia de cada región, se celebra el Solsticio, se levanta el Maibaum cada primavera y, cuando llega el otoño, se agradece la cosecha durante la Erntedankfest. Las estaciones no solo cambian el paisaje; también marcan el ritmo de la comunidad.

Y cada vez que lo hago, escucho la música que me conecta con mi alma, arreglo la casa, pongo flores, preparo algo rico para comer y disfruto ese momento con todo el cuerpo. Siento que algo muy antiguo se despierta dentro de mí. Porque, independientemente del lugar del mundo en el que hubiéramos nacido, la humanidad siempre creó rituales para agradecer la tierra, las estaciones, las cosechas o el regreso del Sol.
Cambian los nombres, pero la celebración es la misma. Algunos agradecen a la Pachamama, otros celebran el Samhain o el Matariki cuando aparecen las Pléyades. Distintas culturas, la misma celebración: detenerse para agradecer la vida.

Cada vez que descubro estas historias siento una mezcla de fascinación y tristeza. Fascinación por la sabiduría que encierran. Tristeza porque me pregunto en qué momento dejamos de vivir tan conectados con la tierra, con los demás y con el agradecimiento. ¿Qué es lo que realmente nos mueve al ser humano? ¿El agradecimiento o el enfado?

¿Qué sucedería si por una vez miráramos el cielo, tocáramos la tierra fértil con nuestras manos, plantáramos árboles y flores y sonriéramos al desconocido que se cruza en nuestro camino?
¿Y si, en lugar de levantar los brazos para defendernos, los bajáramos solo para abrazarnos y sentir el latido del corazón del otro?

¿Qué cosas nos hacen volver a sentirnos profundamente humanos?

Existe un concepto precioso en portugués: saudade do que nunca aconteceu. La añoranza de algo que nunca vivi.

Puede parecer ingenuo pensar que recuperar pequeños rituales pueda cambiar algo en un mundo lleno de prisas, enfado y ruido. Yo tampoco creo que un solsticio vaya a resolver nuestros problemas. Pero sí creo que las pequeñas acciones cambian la forma en que habitamos el mundo. Y cuando cambia nuestra manera de habitarlo, también cambia nuestra forma de relacionarnos con los demás.

¿Que pasaría si hoy decidieras elegir una de las tradiciones que más resuene contigo y comenzaras a practicarla? Te acercaría más a tu corazón, a los rituales que a los seres humanos desde el comienzo de las civilizaciones siempre nos reunieron y acercaron. Casi puedo garantizar que tu corazón se sentiría agradecido por volver a reconectar con la Humanidad y la Tierra.

Los rituales no cambiaron mi vida. Cambiaron la manera en que la vivo.

Hoy, en cualquier rincón del planeta, alguien está dando gracias al Sol, a la Tierra o a la Vida. Tal vez no importe cómo se llame esa celebración. Lo importante es recordar que seguimos formando parte de algo mucho más grande que nosotros.

Que nunca perdamos la capacidad de agradecer.
Feliz Solsticio.
Un abrazo de los que molan.

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