LA IMPORTANCIA DE SENTIRSE VALORADOS

LA IMPORTANCIA DE SENTIRSE VALORADOS

Hay algo profundamente humano en la necesidad de sentirse valorado.

No hablo de aplausos ni de reconocimiento constante. Hablo de algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: sentirse visto.

Sentir que nuestra presencia le importa a alguien. Que alguien nos escucha. Que alguien reconoce quiénes somos más allá de lo que hacemos. Que alguien nos «ve«.

A lo largo de mi vida he vivido situaciones muy distintas que me han llevado una y otra vez a reflexionar sobre este tema. En el trabajo, en la familia, en las amistades, durante viajes que me han cambiado por dentro. Experiencias que me han mostrado lo que ocurre cuando uno se siente valorado… y también cuando no.

Porque hay una gran diferencia entre estar en un lugar donde te reciben con alegría y estar en uno donde parece que tu presencia incomoda. Entre sentir que alguien se acuerda de ti y sentirte invisible. Y aunque intentemos convencernos de que eso no debería afectarnos, la realidad es que sí lo hace.

La cuestión es entender dónde está el límite. ¿Hasta qué punto necesitamos la valoración de los demás?

¿Y en qué momento debemos apoyarnos en nuestra propia autoestima para no quedar a merced de cada opinión, cada gesto o cada silencio destructor?

Con los años he comprendido que la autoestima y la valoración externa no son enemigas. Se complementan. Todos necesitamos sentirnos apreciados. Es una necesidad humana básica. Sin embargo, cuando nuestra identidad depende exclusivamente de la opinión de los demás, entregamos las llaves de nuestro bienestar a personas que muchas veces están luchando con sus propias heridas, sus propios miedos y sus propias limitaciones.

Las opiniones, las críticas, las miradas o los juicios de los demás hablan tanto de ellos como de nosotros. Son el reflejo de su mundo interior.

Por eso resulta tan importante conocerse, aunque suene a cliché.

Cuando uno sabe quién es, aparece una versión más auténtica de sí mismo. Ya no necesita demostrar constantemente su valor. Ya no vive pendiente de la aprobación ajena. Y es entonces cuando valores como el respeto, la confianza y la honestidad adquieren un significado más profundo.

Porque la persona que tienes delante puede ver, por fin, quién eres realmente.

Y cuando eso ocurre, algo cambia.

Lo he visto en personas que llegan a un grupo siendo ellas mismas. Personas que, sin grandes discursos, transforman el ambiente simplemente a través de su autenticidad.

Mientras escuchaba «Una Mattina», de Ludovico Einaudi, recordé la película «Amigos Intocables». Pensé en el personaje interpretado por Omar Sy y en cómo su frescura, su espontaneidad y su forma de mostrarse tal cual era terminaban derribando muros que llevaban años construidos. Sin pretenderlo, ayudaba a otros a enfrentarse a sus propias heridas.

La autenticidad tiene ese maravilloso poder: Nos libera a nosotros y, muchas veces, libera también a quienes nos rodean.

Por eso creo que una de las tareas más importantes de la vida consiste en aprender a escucharnos.

Escuchar al cuerpo.

Escuchar esa intuición que muchas veces queda sepultada bajo el ruido de los miedos, las expectativas y las opiniones externas.

Hace años, un mentor me dio un consejo que todavía me acompaña. Me dijo:

«Cuando tengas miedo de hacer algo, imagina una línea roja delante de tus pies. Da un pequeño paso hacia adelante. Después detente y escucha lo que te dice tu cuerpo. Si te sientes tranquila, da otro paso. Y luego otro más. Hasta que tu cuerpo diga: hasta aquí. Si es necesario, da un pequeño paso hacia atrás. Así aprenderás a escuchar a tu cuerpo y no únicamente a tu mente.»

Con el tiempo entendí la sabiduría que había detrás de esas palabras.

No se trata de vencer los miedos lanzándose al vacío.
Se trata de avanzar. De probar. De descubrir que muchas de las cosas que tememos son menos aterradoras de lo que imaginábamos.

Cuando leemos que alguien comenzó la universidad a los setenta años, solemos admirar su valentía. Pero rara vez pensamos en las cincuenta veces que probablemente dudó antes de dar el primer paso.

El miedo no desaparece antes de actuar. Muchas veces desaparece después.

Por eso merece la pena intentarlo. Porque cada pequeño paso fortalece la confianza.

Cada desafío superado fortalece la autoestima. Y cada experiencia vivida nos recuerda algo fundamental: Somos los creadores de nuestro propio mundo.

Cuanto antes comprendamos eso, más tiempo tendremos para disfrutar de la vida verdadera. La que se encuentra en las pequeñas cosas. En una conversación sincera. En una sonrisa inesperada. En una canción que nos emociona. En un viaje. En un abrazo. En la satisfacción de haber hecho algo que creíamos imposible.

La autoestima no consiste en no necesitar a nadie. Consiste en recordar quién eres cuando el mundo olvida decírtelo. Y cuando aprendes eso, lideras tu vida de una manera diferente.

Entiendes que ninguna opinión ajena, ningún miedo infundado y ningún juicio externo puede decidir por ti quién eres.

Esa decisión te pertenece. Siempre.

Mientras releía estas líneas ocurrió algo que no esperaba. Me rompí. Comencé a llorar desconsoladamente. Pensé en los abrazos y reconocimientos que eché de menos en distintos momentos de mi vida: los de la niña que fui, los de la adulta que ha atravesado desafíos, los de la mujer que vive lejos de los suyos y que, muchas veces, también se ha sentido sola. Las lágrimas seguían cayendo mientras mi mente viajaba por todos esos recuerdos.

Y entonces sucedió algo extraordinario. Sin darme cuenta, mis propios brazos me rodeaban. Me estaba abrazando!!!!
Mi cuerpo comenzó a balancearse suavemente en la silla, como una madre que calma a un niño, como si una parte de mí estuviera consolando a otra. No lo había planeado. No lo había pensado. Simplemente ocurrió. En ese instante tuve una revelación: la inteligencia del cuerpo es inmensa. Mientras mi mente buscaba respuestas en el pasado, mis células ya sabían lo que necesitaba en el presente. Y comprendí algo que jamás olvidaré:

a veces pasamos años buscando fuera el abrazo que nuestro propio cuerpo lleva tiempo intentando darnos.

Durante años he viajado a países, archivos, ciudades, idiomas, historias familiares y recuerdos. Y todos esos caminos tienen valor. Pero hoy hubo otro viaje.

Hoy había cogido un día de vacaciones, había pensado salir a pasear, pero llovía. Entonces decidí quedarme en casa y escribir que llevaba tiempo sin hacerlo. Lo que no sabía era que hoy no iba a recorrer las calles de Bayreuth. Iba a recorrer unos metros mucho más importantes: los que me separaban de mí misma. Y al final de la mañana comprendí que había dado un paso más hacia mí.

Comencé queriendo escribir sobre la importancia de sentirse valorados. Y me desperté preguntándome dónde estaba el límite entre la autoestima y la valoración de los demás

Y después de escribir, llorar y sentir ese abrazo espontáneo, la pregunta se transformó en:

¿Qué ocurre cuando aprendo a quedarme conmigo incluso cuando la valoración de los demás no llega?

Y hoy quien me valoró fue mi propio cuerpo. Como si quisiera recordarme: «Aquí estoy. No me he ido a ninguna parte.»

Escribir es parte del proceso porque el cuerpo conoce caminos hacia la calma que la mente a veces ha olvidado.

Como siempre, un abrazo de los que molan. Hoy nunca mejor dicho y feliz viernes!

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