ENCONTRARTE, LEJOS DE CASA
Alejandra Fernandez Comentarios 3 comentarios
Soy la persona que soy, por los lugares en los que he vivido, y luego de muchos años siento una profunda conexión. Ya dejas de ser de un sitio y pasas a ser parte de todos. Traes lo tuyo y vas sumando lo que vas experimentando.
Pero, si me preguntan de dónde soy, pienso en las emociones que me despiertan los sitios en los que he vivido, y claramente, me siento orgullosamente argentina y sobre todo, de Buenos Aires. Esa tierra me entregó fuerza, resiliencia, adaptabilidad, alegría, amigos, un suelo, aunque inestable, firme donde pisar… es como un junco en una tormenta. Se zarandea de un lado al otro, pero el viento no lo arranca, sigue ahí, aprovechando lo que la vida le da.

La ciudad despierta en mi todos los sentidos, la comunicación entre la gente, las infinitas posibilidades. La gente relajada, casual, disfrutando de sus restaurantes, familia y amigos. A pesar de las crisis, la vida continúa. Los extranjeros no entienden mucho sobre la crisis argentina, pero somos personas resilientes y es inspirador ver como las personas encuentran formas de seguir adelante y disfrutar de los momentos con sus seres queridos.
A lo largo de mi vida, he vivido muchas crisis económicas, inflación, crisis extremas, pero siempre hemos tenido la capacidad notable para resistir y recuperarnos en cierta medida. La resiliencia de la población, la riqueza de sus recursos naturales y una fuerza laboral talentosa han sido factores determinantes para sobrellevar la situación. Es cierto que hay sectores de pobreza alarmantes, pero aun así, hay mucha gente que, a través de organizaciones sin fines de lucro, trabajan apoyando a estos sectores desfavorecidos, muchas veces olvidados por los gobiernos.
En momentos de incertidumbre, la cercanía con la familia y amigos, y el apoyo mutuo, juegan un papel fundamental para enfrentar las adversidades y buscar un sentido de normalidad y bienestar en medio de los vaivenes de la economía que golpea al país.
Parte de mi familia y la mitad de mis amigos, desde épocas remotas, están allí….y da igual cuanto tiempo pasemos sin vernos, ya somos familia… estoy realmente agradecida de haber nacido en un país donde la amistad es sinónimo de lealtad y confianza plena. Donde siempre tendré un lugar donde ir, donde dormir o con quien estar que me arrope en momentos difíciles. Un sitio que me enseñó a decir te quiero con el corazón y no con la mente, porque mis amigos así me lo enseñaron, ellos me lo dicen siempre.

Madrid es un paraíso para los sentidos. Con su gente caminando apurada para llegar a algún sitio, sus museos, su luz, su cielo azul, las terrazas llenas de risas y conversaciones íntimas, sintiendo el calor del sol en la piel. Es una ciudad para disfrutar con los 6 sentidos. Ahora que ya no vivo allí, la disfruto muchísimo cuando puedo ir. El caminar por sus enrevesadas calles y disfrutar de un desayuno con amigos o simplemente caminar sin rumbo mirando los escaparates y a su gente. Elegir un restaurante y nunca llevarte una sorpresa desagradable. Es una ciudad en vibración constante, con una sensación de estar en un pequeño pueblo donde todos se conocen, se miran, se saludan. La gente es amigable, siempre están dispuestos a responderte con una sonrisa. Siempre digo que cuando vuelvo de Madrid me traigo un montón de nuevos amigos en la maleta: la vendedora de El Corte Inglés, la camarera del bar donde he desayunado, el policía al que le he preguntado por alguna calle, o el encargado del restaurante El Gaucho adonde suelo ir con frecuencia, que me cuenta las aventuras de su hija enfermera en Alemania, que si ya ha vuelto a Madrid, que si ya es abuelo….cada vez que voy me pongo al día con las historias de la gente que veo 2 o 3 veces por año y que realmente no conozco, no sé quiénes son, pero ellos me hablan, conversan, me cuentan de sus vidas, sus batallas. Da igual donde vayas, siempre tendrás la oportunidad de entablar una conversación agradable con alguien. Y aunque ya no vivo allí, curiosamente mi círculo de amistades se amplía. Gente que conozco en algún viaje, en alguna salida, en algún retiro de yoga… siempre vuelvo con amigos. Madrid es mi ciudad de adopción. Siempre me siento como en casa, bienvenida, feliz de poder disfrutarla.

Alemania, ay Alemania…qué haré contigo, la gran vendedora de humo.
Vivo en una zona rural, donde no hay mucho que hacer, uno puede estar trabajando con su ordenador en casa, y es como que la vida no pasara, no transcurriera…es una sensación de tranquilidad, de paz, mezclada con una sensación de estar viviendo en medio de un paraje desierto. Cuando salgo de casa, me doy cuenta de que hay un pueblo, la gente vive, sale a hacer las compras, arreglan sus jardines. Pero yo me siento como en mi burbuja, nadie toca el timbre, exceptuando el cartero que me trae mis pedidos cuando pido algo por internet. Tengo esa sensación, de que si no tuviera que salir a trabajar de lunes a viernes, nadie sabría que estoy aquí, en mi chiringuito, cocinando, viendo la tele, escuchando mi música, escribiendo…. Y qué decir que me encanta esta sensación de paz y tranquilidad que me da esta soledad elegida.

Soledad elegida que me costó muchas lágrimas ya que luego de muchos intentos de hacer nuevos amigos, años a decir verdad, decidí que me elegía a mí misma como mi mejor amiga.
Nunca me olvido de frases que me dejan algunas personas que se cruzan en mi camino y una de ellas fue de un amigo que, cuando dejaba mi Buenos Aires querido rumbo a Madrid, con muchos miedos e incertidumbre, me dijo con total seguridad: “No tengas miedo, vos sos de las que haces amigos hasta en el medio del océano Atlántico”. Y esa frase volvió a mí, taladrándome el cerebro varios años más tarde, porque no entendía cómo, aquí, no podía conectar con la gente.
La sociedad donde vivo es una sociedad muy cerrada, se conocen desde generaciones porque siempre han vivido aquí. No es una zona de paso, la gente vive aquí toda la vida y, aunque me tratan como una de los suyos, yo no soy una de ellos. Hay gente que se preocupa por mí, me escriben, me invitan a sus cumpleaños, me llaman para organizar algún curso de cocina. Luego de tantos años de intentar, ya desistí. Ya no necesito de la gente, me tengo a mí, no necesito demostrarles lo buena que soy, lo trabajadora, porque ya me lo demostré a mí. A decir verdad, no encontré mi sitio aquí, aunque para muchos ojos pareciera que sí.
Estoy contenta con mi vida, aunque me falte el contacto social, el abrazo, el quedar espontáneamente con amigos para comer, tomar un café o simplemente charlar por teléfono. Gracias a la tecnología, puedo tener mis largas conversaciones con mi familia y mis amigos, pero el peso de los kilómetros de distancia siempre está ahí. No puedes decir por teléfono: ¿quedamos mañana a tomar algo? La distancia, el clima y la falta de contacto social son un peso pesado para alguien, que como yo, valora mucho la amistad y el contacto social.
Por ahora sigo aquí, me da la posibilidad de desarrollarme a nivel personal, de conocerme, de quererme y aprender a tratarme bien. Al estar sola y estar en este camino, las señales son mucho más nítidas, estoy más intuitiva, más perceptiva y eso me ayuda en este camino de auto-conocimiento. Me permite darme cuenta de quién soy, qué quiero y qué no quiero en mi vida, de poder disfrutar de las cosas que antes no tenía tan en cuenta. Cuanto más ruido social, menos atención a los detalles. Ahora tengo menos ruido, y estoy más en mí, en el presente, sin pensar mucho en el futuro y tratando de no anclarme al pasado.
Aprendí a disfrutar de la vida, los detalles pequeños, a decir te quiero cuando lo siento, a prepararme unos desayunos rempimpantes y a sentarme a escribir lo que tengo dentro y a veces es difícil expresar con palabras.
Aprendí a rodearme de buena gente, gente con la misma vibración que yo, sigo aprendiendo a escapar de los falsos vendehumos y por sobre todas las cosas: aprendí a soltar, soltar gente, soltar estructuras, soltar creencias y valores que no eran míos. Aunque no lo creáis, yo llegué siendo más alemana que los alemanes. Siempre fui de seguir las reglas, las normas. La puntualidad era un valor que había traído de mi casa y siempre llegaba 5 minutos antes a los sitios, cuando ni aquí lo hacían. Era la más puntual, la más trabajadora, iba a trabajar los sábados para adelantar trabajo. Siempre fui de dar el 120%, ahora me conformo con dar el 100%, sin que eso afecte a mi salud o a mi alma.
Sé quién soy, cuanto valgo, qué me merezco en mi vida. Y sé que es lo mejor para mí, porque así lo invoco. Es increíble cuando uno dice o escribe estas cosas, como las lágrimas saltan y no paran de correr por las mejillas… ¿será que mi alma está agradecida de que al final la estoy escuchando? ¿Será verdad que para descubrir quién es uno, debe atravesar senderos oscuros?
Gracias Buenos Aires por la fuerza que me diste. Gracias Madrid porque me diste la oportunidad de aprender a disfrutar de las cosas pequeñas. Y gracias Baviera por sacar esa fuerza que tenía dentro y darme este sitio para conocerme.

Como me escribieron una vez en una tarjeta de Navidad, hace ya muchos años, y que tengo a la vista cada día: Escucha la canción de tu vida… y que el estribillo sea “Adelante”.
A veces hay que irse para poder volver
Gracias, gracias, gracias
3 comentarios en «ENCONTRARTE, LEJOS DE CASA»
Muy bueno!!!!!!
Muchas gracias!
A veces hay que irse para poder volver.
Muchas gracias!