LA DESPEDIDA CUENTOS CORTOS

LA DESPEDIDA CUENTOS CORTOS

Hoy, con muchísima angustia, Luciana se despidió de su fiel compañero de carreteras luego de 14 años de viajes y aventuras grabadas en cada kilómetro recorrido. No fue solo un coche: fue testigo y cómplice de la sensación de libertad cuando ella decidió, luego de su separación, entrar a una agencia de coches para comprar un coche nuevo. Entró a la agencia con ansiedad y allí estaba su Golf VI blanco, brillante, reluciente, esperándola, como si supiera que juntos escribirían capítulos y capítulos de una historia inolvidable. Ni siquiera se animó a probarlo, pero el vendedor insistió:

-Vamos a dar una vuelta. Tú tranquila, que el coche es nuevo y te va a gustar.

Se subió nerviosa al coche. El interior impecable, el volante firme en sus manos. Con temor lo arrancó y el motor rugió suavemente. Salieron de la agencia, tomaron la A2 conduciendo desde el Centro de Carga del Aeropuerto hacia el barrio de Barajas.

-Este es un coche al que le gustan las curvas -dijo el vendedor- no tengas miedo.

Luciana respiró hondo, pisó suavemente el acelerador y se sintió libre. Tuvo la sensación de que ella decidía, luego de muchos años, qué comprar y qué conducir. La sensación que tuvo fue divertida, era como entrar a una tienda y elegir el par de zapatos que le gustaban, pero con una emoción más profunda.

Pagó una parte en efectivo y el resto lo financió a 5 años. Con todos los documentos en regla, llegó el día de recogerlo, supo que no era sólo una compra, era un pacto. Se subió al coche y agarrando el volante, con una sonrisa cómplice le susurró:

-Compañero, vamos a hacer mucha carretera. Va a ser divertido.

Casi un año tardó el ex marido de Luciana en firmar los papeles del divorcio. Un año de excusas, evasivas y silencios calculados. Pero aquel día por fin había accedido a firmar. La cita fue en un restaurante, frente a un conocido centro comercial en San Sebastián de los Reyes. Luciana llegó unos minutos antes y aparcó a una distancia prudente. No quería que él viera su coche nuevo, no quería compartir con él su victoria. Aquel Golf blanco era suyo y de nadie más. La cena transcurrió sin grandes sobresaltos. Cuando terminaron de cenar él le dijo:

-Te acompaño al coche.

Luciana se sintió incómoda.

-No hace falta- respondió con una sonrisa forzada- Gracias por firmar los papeles, pero es tarde y mañana tengo que trabajar.

El insistió:

-Quiero ver tu nuevo coche.

En ese momento Luciana pensó en mil excusas, pero ninguna era creíble, ni siquiera para ella. Se dio cuenta de que no iba a poder evadirse de la situación. Suspiró resignada y le indicó dónde había aparcado. Caminaron en silencio. A ella le molestaba tremendamente tener que mostrarle su nueva compra. Por algún extraño motivo no quería que él supiera que le iba bien sin él. Llegaron al sitio y le dijo:

-No está mal –murmuró con falsa indiferencia- ¿De qué año es? Es un Golf 2, debe tener unos 15 años. -Dijo respondiéndose a sí mismo.

Luciana estaba desconcertada. Él estaba mirando el coche equivocado. A su lado un viejo Golf negro. Se quedó en silencio. No dijo nada. Ella dejó que él se equivocara.

Él se acercó impaciente.

-Ábrelo. Quiero ver el interior.

Luciana no sabía cómo escapar de la situación.

-No hace falta, está muy bien por dentro y yo estoy contenta.

Pero él insistió, como siempre.

Ella, con el fastidio en el rostro, sacó la llave del bolsillo de su chaqueta y apretó el botón. En ese momento las luces de su coche se iluminaron, el reluciente y nuevo Golf aparcado al lado del que él estaba mirando.

El rostro de su ex marido se transformó. Su sorpresa se convirtió en ira, como si la simple existencia de aquel coche fuera un insulto, una bofetada en plena cara.

-Pero ¿este coche es tuyo? ¡Es nuevo!

Luciana sintió una mezcla de emociones. Temor, orgullo, libertad. Respiró profundo y mirándolo con calma, asintió.

-Sí, me compré un modelo nuevo. Es precioso ¿verdad?  y estoy encantada con él.

El la fulminó con una mirada de desprecio, pero a ella esta vez no le importó. Sin decir una palabra, él se dio la vuelta y se marchó.

Luciana abrió la puerta de su coche, se subió y trabó las puertas. En ese momento respiró aliviada, mientras sus ojos se le llenaban de lágrimas.  Por fin tenía los documentos firmados en sus manos. Los dejó en el asiento del acompañante mientras pensaba en el suplicio por el que había pasado y que por fin la espera se había terminado. Acarició el volante y encendió el motor. El ronroneo suave del coche pareció responderle. Lentamente la tensión se fue disipando. Mientras salía del aparcamiento, sonrió y con un gesto cómplice, le dio una palmada al salpicadero de su Golf diciéndole:

– Compañero, una nueva etapa comienza.

Por fin era libre.


Luciana llevaba casi un año de relación a distancia con un hombre de Alemania, cuando una mañana luego de hablarlo con él, lo decidió: dejaría todo atrás y se marcharía a buscar nuevos horizontes. Primero haría una parada en Braine le Chateau, Bélgica, y se quedaría en lo de una amiga. 

Cargó su Golf con lo esencial: ropa, algunos objetos personales y su bicicleta, con la que había recorrido senderos pedregosos cuando volvía del trabajo para quitarse así el estrés del día mientras el viento le acariciaba la cara. Ese día decidió que imprimir la ruta por partes iba a ser más sencillo que andar mirando un mapa desplegable. Cuando llego el día se despidió de los suyos, respiró hondo y encendió el motor. Con su coche habían recorrido muchas carreteras juntos, pero esta vez sería diferente. Otro país, otro destino, otra cultura. La primera parada fue en Anglet, donde la esperaba una amiga con la cena preparada y un largo abrazo. Cenaron, se pusieron al día con anécdotas y se acostó temprano para levantarse con las primeras horas de la mañana para seguir viaje. Al llegar a Bélgica su amiga la estaba esperando con una gran sonrisa. Al bajarse del coche, Luciana sintió una mezcla de incredulidad y orgullo. Había recorrido 1500 kilómetros sola. No se sentía sola, su compañero de carretera la llevaba. Cuando se sentía cansada, salía de la carretera, paraba al costado de un camino, estiraba las piernas, bebía algo y volvía a conducir. En Bélgica estuvo un par de semanas viviendo en la casa de su amiga y disfrutando de los maravillosos paisajes, practicó su francés y disfrutó del cambio de aire. Una tarde, conversando con su pareja supo que su tiempo en Bélgica había llegado a su fin. Se despidió de la gente y cargando sus pertenencias en el Golf, partió nuevamente para recorrer los 900 kilómetros que la separaban de su nueva vida.

Al cruzar la frontera con Alemania el vértigo se apoderó de ella. Los coches volaban a más de 200 kilómetros por hora. Ella venía de conducir tranquilamente y tuvo la sensación de que había entrado en un circuito de Fórmula 1. La lluvia caía de forma implacable y los camiones adelantaban con las luces intermitentes. La escena era caótica. Luciana salió de la autopista. Necesitaba respirar, calmarse. Como tantas otras veces, habló con su Golf:

-Lo vamos a lograr. Haremos el trayecto tranquilos y encontraremos el camino. No tenemos miedo, ya hemos recorrido casi 2000 kilómetros. Llegaremos sanos y salvos, ya verás.

Ella se había acostumbrado a hablar con su coche. Lo saludaba por las mañanas cuando se subía, se despedía cuando lo aparcaba. Le decía que no tuviera miedo, que él podía. Era una forma de auto-convencerse de que ella también podía.

A pesar del cansancio y el estrés logró llegar y aparcar en la puerta de la casa de su pareja. Apagó el motor y cogida aun al volante le dijo a su Golf:

-Lo hemos logrado. Hemos llegado a destino.

En Alemania Luciana supo lo que era conducir a 200 kilómetros por hora, aprendió a conducir con nieve y con hielo y a no derrapar. A los pocos meses de llegar su Golf se apagó por el frío. Lo llevó a la Volkswagen donde le explicaron que era normal: venía de un país más cálido y necesitaba una reprogramación. Conectaron el coche al ordenador, apretaron un par de botones y su fiel compañero ya estaba preparado para el invierno alemán.

Ambos debían acostumbrarse a la nueva vida. No fue fácil. En invierno los coches se salían de la carretera por el hielo. Y Luciana pensaba: “si ellos se salen de la carretera y son de aquí, la que nos espera”. Pero jamás tuvo un problema. Su coche se había adaptado perfectamente y ella se había convertido en una experta conductora.

Cuando discutía con su pareja, ella se iba a su coche a pensar, era su compañero de aventuras y su hogar en momentos difíciles, su refugio.

Pasaron los años y con el frío, la sal de las carreteras y el hielo el coche comenzó a sentir las inclemencias del tiempo. Ella procuraba mantenerlo en buenas condiciones, pero aun así la corrosión no tuvo compasión y comenzó su maldito trabajo lento y progresivo en la carrocería de su compañero de carretera. Cuando le tocó la revisión, este año, fue la primera vez que su querido Golf no la pasó. Le dijeron que tenía que reparar algunas piezas de carrocería para poder pasar la inspección técnica. Luciana lo llevó a un mecánico. Logró repararlo y pasó la prueba, pero con una advertencia: la siguiente inspección, dentro de dos años, no la pasaría. Luciana entendió que el final se acercaba. Se prometió buscar un nuevo coche con calma. Pero el Universo tenía otros planes.

Dos semanas más tarde Luciana encontró un coche que le encantó. Sin darse cuenta ya tenía un coche nuevo. Y entonces se dio cuenta: había llegado el momento de despedirse.

Cuando la certeza la tocó, la angustia la envolvió y rompió a llorar. Sabía que su Golf era un coche, algo material, pero su coche había sido más que eso. Había sido su testigo de momentos muy especiales en su vida: cuando se divorció de su marido, cuando cruzó fronteras, cuando se perdió en caminos embarrados en mitad de la noche, cuando el cansancio la vencía tras un vuelo agotador, pero sabía que dentro de su coche estaba a salvo.

El día de la despedida fue un duelo. No solo decía adiós a su compañero de ruta, sino a una parte de sí misma. Una etapa llegaba a su fin. Pero también comprendió que algunos viajes no terminan con un adiós, sino con la certeza de que siempre vivirán en la memoria.

Acarició el volante una última vez y le susurró con un nudo en la garganta:

-Gracias por todo, viejo amigo. Que las carreteras te sean leves y que tu rugido siga resonando en nuevas aventuras.

Bajándose del coche y rozando la carrocería con la mano se despidió de él, agradeciéndole por los años que habían compartido juntos.  

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