REINVENTARSE LEJOS DE CASA
Alejandra Fernandez Comentarios 0 comentarios
El arte de reinventarse lejos de lo conocido: Renacer lejos de casa sin dejar de ser raíz.
“A veces hay que perderse del todo para volver a encontrarse.”
Un momento de desarraigo: estás en una ciudad nueva, con un idioma distinto y una versión de ti que aún no sabes cómo llamarla.
Hace unos días, leyendo uno de los libros que traje de mi viaje por Portugal, encontré una frase en la página interior, junto a la biografía del autor:
“Fue, por tanto, con el desapego crítico que la experiencia de la vida en el extranjero le permitió concebir la mayor parte de su obra novelística.”
Esa frase quedó resonando como un eco en mi cabeza y luego de preguntarme varias veces por qué esa frase aparecía de forma permanente, me di cuenta de algo: yo misma estaba viviendo esa sensación sin haberlo puesto aún en palabras.
¿A qué se refería realmente con el desapego crítico? No se trataba del significado literal, porque tenía claro que comprendía perfectamente lo que significaba, sino lo que había detrás de esas palabras, de la vivencia que encierran.
En los libros, el desapego crítico suena interesante, incluso inspirador.
Pero en la vida real, cuando la nostalgia y la soledad golpean sin piedad, en ese momento no hay nada de crítico: solo el intento, bastante torpe por cierto, de sostener lo que una fue mientras aprende, poco a poco, a ser de nuevo.
Entonces me puse a buscar, porque ya saben que soy una eterna buscadora, y encontré esta explicación:
“La experiencia de vivir en el extranjero proporciona a una persona la distancia necesaria para ver su propia cultura y vida con una perspectiva más objetiva y analítica, pudiendo cuestionar las normas sociales y analizar los problemas con mayor claridad.”
Y sí, puede ser así. Pero cuando entran en juego las emociones intensas como el miedo, la frustración, el enfado, ¿realmente podemos manterner esa claridad?
Casi nunca! Y lo digo por experiencia propia. Luego de años de buscar y buscarme, de leer libros de desarrollo personal, estudiar inteligencia emocional es entonces cuando puedo comprender esa frase, es ahora y por eso resonaba conmigo con tanta fuerza.
El cambio de país y cultura te obliga a salir de esa “zona de confort” y a enfrentarte a una realidad que no se parece en nada a la tuya. Te lleva a redescubrir tu identidad y a cuestionar lo que antes dabas por sentado: lo que considerabas “normal” o “diferente”.
Y aunque este tema da para muchas reflexiones, y prometiendo no ponerme demasiado seria, lo cierto es que quienes hemos vivido un cambio así sabemos que, a veces, el mundo se vuelve un poco más difícil.
Tu nombre suena distinto, porque las letras que lo componen, quizás, no existen en el vocabulario local o cierta letra se pronuncia diferente, entonces en vez de Alejandra pasas a llamarte Aleiandra, Alexandra, Aleandra y tantas otras variaciones con la consecuente frustración de no escuchar tu nombre como realmente suena. Y aunque pueda parecer una tontería para el lector, no lo es. Las aceras no reconocen tus pasos porque jamás te vieron caminarlas, y debes aprender a escuchar lo nuevo sin olvidar lo que traes en la mochila.
Con el tiempo entendí que uno puede silenciar su esencia para adaptarse a la nueva cultura, pero llega un momento en que la voz interna grita tan fuerte que no puedes seguir ignorándola. Te obliga a detenerte y escucharte.
Esa voz te recuerda quién eras, quién deseas ser, rechaza con fuerza lo que ya no encaja y te muestra con claridad aquello que deseas en tu vida.
Entonces aparecen los recuerdos: las calles que solías caminar, las risas con amigos, los sabores, las conversaciones, las promesas hechas, tu nombre correctamente pronunciado.
Y mientras los recuerdos se van entrelazando con lo nuevo, algo dentro tuyo te va mostrando la versión que quiere emerger, la auténtica, la que por fin tiene voz.
A veces no sabes quién eres ahora: ¿la persona que creías ser o la que intenta sobrevivir en una sociedad nueva? Pero un día la niebla se disipa.
Recuerdas tus valores, reconoces el camino recorrido, y tu voz interna, esa que llamo “alma”, sonríe y deja de gritar, porque sabe que por fin la has escuchado.
Y ahí estás tú, renovada, con otros matices, pero con la misma raíz. Agradeces la fuerza que te sostuvo y la valentía que, tal vez sin saberlo, te trajo hasta aquí.
Por primera vez te reconoces completa.
Hoy salí al jardín pensando en preparar las plantas para el invierno.
En uno de los tiestos tengo un rosal. Solo hay una rosa, y pensé: a veces, una sola rosa basta para recordarnos la belleza de la vida.
En el silencio, algo se acomoda adentro y florece la calma de volver a empezar. La dejé estar hasta que lleguen las primeras heladas.
Esa rosa significa para mí la fuerza, la resiliencia, el “estoy a pesar de todo”. Esa rosa soy yo… y eres tú también.

No olvidas quién eres. Y aunque intentes hacerlo, en algún momento aparece la voz que susurra: “Oye, estoy aquí. Soy yo. No lo olvides.”
Así que celebra quién eres e integra lo nuevo. No imaginas lo poderoso que es mirar atrás y ver cómo lo has logrado: con heridas que cicatrizan, pero con el alma entera.
Celebrar la identidad que se abre, como la rosa, más allá del origen es reconocer que no hay fronteras para el alma.
Que las raíces no se rompen al moverse, sino que se alargan buscando nuevas tierras donde nutrirse.
Es comprender que puedes pertenecer a muchos lugares sin dejar de ser tú.
Que tu voz, con sus acentos y silencios, es el hilo invisible que une todos los lugares donde has florecido.
“¿Qué versión de ti ha nacido en los lugares donde creíste estar perdida?”
Hoy solo una rosa florece en el tiesto, pero basta una para recordarme que la vida sigue brotando, incluso lejos del jardín donde aprendí a ser raíz.
Un abrazo de los que molan 🙂