LA MUJER QUE CAMINABA CON SUS MAPAS
Alejandra Fernandez Comentarios 0 comentarios
Parte de Historias de una caminante.
Hay viajes que comienzan mucho antes de preparar la maleta.
Comienzan con una expectativa.
Con una imagen que construimos en nuestra cabeza sobre lo que vamos a vivir, sobre quién nos acompañará, sobre cómo serán esos días que todavía no han llegado.
Y comenzamos el viaje.
Además de la maleta, llevamos con nosotras nuestros códigos, nuestras costumbres, nuestros valores, nuestra manera de entender el cuidado, la compañía, la generosidad, los silencios, los tiempos.
Llevamos aquello que aprendimos cuando recorríamos las calles donde crecimos y en los senderos que ya hemos caminado.
Y, sin darnos cuenta, y dando por sentado, esperamos que el otro camine con el mismo mapa.
Hasta que recordamos que no. Que hay personas que vienen de otros sitios.
Que aquello que para mí significa amistad puede significar otra cosa para alguien más. Que lo que yo considero normal, para otra persona puede no tener ningún sentido. Que cada uno lleva consigo una mochila y que no podemos saber qué trae dentro.
Y entonces aparece la fricción.
No siempre llega como una gran tormenta. A veces es algo pequeño:
Un gesto que no llega.
Una expectativa que no se cumple.
Una manera diferente de hacer las cosas.
Un silencio.
Una respuesta.
Una ausencia.
Y aquello que parecía insignificante empieza a ocupar demasiado espacio dentro de nuestro equipaje.
La Caminante podría quedarse allí.
Podría darle 1000 vueltas mentalmente a la situación.
Podría reclamar.
Podría defenderse.
Podría intentar que el otro comprendiera su manera de ver las cosas.
Podría entrar en el conflicto.
Pero un día descubre algo mucho más interesante:
Que también puede dar un paso al costado.
No porque no le importe.
No para decir «me da igual».
No porque no tenga nada que decir.
Sino para poder mirar lo que en realidad sucede, porque con algo de distancia, las cosas empiezan a verse de otra manera.
Ya no está solamente el pensamiento que se cruza y nos trae un «mira lo que hace».
Está también la historia del otro.
Sus circunstancias.
Sus aprendizajes.
Sus limitaciones.
Sus necesidades.
Su manera de estar en el mundo.
Y entonces algo cambia en la forma de vivir la situación.
La Caminante deja de preguntarse:
«¿Quién tiene razón?»
Y comienza a preguntarse:
«¿Qué puedo aprender de esto?»
Porque quizá el aprendizaje no estaba en conseguir que el otro actuara como ella esperaba.
Quizá estaba en descubrir que ella podía elegir cómo posicionarse, pudiendo observar sin absorber.
Comprender sin justificar.
Poner distancia sin levantar muros.
Y aun así, seguir caminando.
El desierto, implacable y solitario, le había enseñado algo que no había comprendido al principio: no todo aquello que aparece en el camino necesita ser atravesado.
Hay tormentas que se observan desde una ventana.
Hay caminos que no se eligen.
Hay personas con las que se comparte un trayecto y después cada una continúa en su dirección.
Y eso también es parte del viaje.
La Caminante ya no necesita que todos comprendan su manera de caminar. Le alcanza con conocer la suya.
Porque cuanto más aprende a observar, menos necesita reaccionar.
Cuanto más comprende las diferencias, menos necesita tomárselas personalmente.
Y cuanto más se aleja un poco del ruido, más claramente puede escuchar aquello que realmente importa.
Entonces vuelve a caminar.
Sin enfado.
Sin necesidad de tener la última palabra.
Sin cargar con aquello que no le pertenece.
Camina con sus propios valores. Con su propia historia.
Y con algo nuevo que antes no tenía: la capacidad de mirar el conflicto desde otro lugar y elegir no perderse dentro de él.
La Caminante del Desierto sigue avanzando, a pesar de las tormentas de arena.
No porque haya aprendido a evitarlas.
Sino porque ha aprendido que no todas las tormentas le pertenecen.
