ECOS DE MI PROPIA LUZ

ECOS DE MI PROPIA LUZ

Cómo inspirar desde lo vivido.

Hace ya un par de años cuando el planeta entero se apagó bajo una pandemia, yo como muchos otros me quedé sola, en un apartamento de un pueblo pequeño en un país diferente al mío.
Las calles vacías, el silencio demoledor, esas miradas detrás de las máscaras… y el miedo flotando en el aire como un polvo invisible. La distancia, maldita distancia.

Internet fue mi ventana al mundo. Hablaba con mi familia, con mis amigos, intentando sostenernos entre noticias que no daban tregua. Hasta que un día de abril, el virus también me alcanzó.
Y en ese encierro, enferma y sola, con la angustia brutal en el cuerpo, algo dentro de mí se encendió: una voz que me susurraba “no puede ser solo ésto”. Me hablaba de día y de noche cuando no podía dormir. Sin embargo esa voz no me daba miedo, era como una luz cálida. Era como el faro que guía a los navegantes en noches oscuras y de tormenta.

No podía seguir viviendo en automático: levantarme, ir a un trabajo donde lidiaba con gente que me machacaba, volver a casa drenada de energía, sin un propósito de vida. Y decidí comenzar a caminar buscando la luz de ese faro.

Empecé a buscar respuestas, no afuera, sino adentro, pero lo único que lograba era angustiarme más. Estaba desesperada por entender o saber algo que no sabía qué era. Empecé a fundirme con el silencio, el que te permite escuchar esa voz que te susurra. Y fueron surgiendo ideas:
Pregunté a las personas que me querían qué era lo que veían en mí, aquello que yo no alcanzaba a ver. Toqué muchas puertas con ansias por saber o descubrir algo que estaba dentro mío: el tarot me dio señales, la biodecodificación me fue mostrando mis patrones, y poco a poco, fui uniendo piezas de un mapa interior que empezaba a tomar forma.

Y rompí el hechizo de lo que parecía imposible: esa vida en automático. Me llevó casi un año dar con el siguiente paso.
A los 52 años, me inscribí en un curso. Y apareció de nuevo esa voz que me decía: “¿A esta edad? ¿Estudiar otra vez? ¿Rendir exámenes?”.
Siempre pensamos que esa voz es la que nos sabotea, nos machaca. Pero te voy a decir un secreto que aprendi y comparto con el que quiera recibirlo: Esa voz te está cuidando. Sí, aunque no lo creas. Te cuida porque sabe lo que es conocido para tí, conoce las horas, las rutinas, lo que haces.
Salir de ahí te puede llevar por un camino desconocido….y en lo desconocido puede haber sufrimiento, reproches, frustraciones.
¿Quién en su sano juicio quiere recorrer ese camino?

Sólo los valientes o locos. Muchos lo llaman «salir de la zona de confort». Yo lo llamo, y perdón por la expresión: «la patada en el culo».

Y esa patada me la dieron mi familia, mis verdaderos amigos.
Derrumbé una creencia que me había acompañado desde los 24 cuando dejé de estudiar: ¿a esta edad ponerme a estudiar? Y, ¿trabajando a la vez? Imposible!
De pronto estaba en una clase online a miles de kilómetros de donde yo vivía, con personas de diferentes lugares, todas con un mismo impulso: crecer.

Superé miedos que creía imposibles: hablar en una casa delante de personas desconocidas, practicar con clientes reales, rendir exámenes orales y escritos.
Y el día que recibí mi título de Coach con 54 años, lloré.
No por el papel, sino por todo lo que había vencido en mí.
Mi entorno celebraba conmigo. Me decían:
“Siempre lo supimos. Tienes el don de sostener y escuchar, de unir piezas que otros no ven.”
Y por primera vez, yo también lo creí.

Pasé de tapar una herida a encender la llama que hay en mí.
Entendí que mostrar a otros cómo se superan las heridas no es enseñar, sino inspirar.
Así como alguien me sostuvo en esos momentos en los que me sentía perdida y me reflejó lo que yo no podía ver, hoy hago lo mismo para que otros puedan ver esa luz que los guíe: es detenerse, mirar en todas direcciones y luego avanzar, como cuando cruzas la calle.
Aprendí a gestionar mis emociones con menos intensidad y más ternura.
A reconocer dónde duele y cómo cuidar la herida.
A tratarme con cariño.
Cada día elijo llevar mi mochila llena de herramientas, no como un peso, sino como un tesoro, de la cual voy sacando aquello que necesito.

Hoy soy otra mujer: auténtica, libre, optimista, que sabe lo que quiere y vive coherente con lo que la vida le pone por delante.
Y si mi historia ilumina un rincón en la vida de alguien más, entonces todo el viaje valió la pena.

Y tú…
¿Qué ves cuando te miras al espejo?
¿Dónde se esconde tu luz cuando nadie la mira?
¿Cómo iluminas, sin saberlo, a quienes te rodean?

Tal vez tu historia también esté esperando ser contada.
Porque la inspiración no nace de lo perfecto, sino de lo que hemos vivido con autenticidad.

Tu historia también puede encender a alguien. ¿Te atreves a compartirla conmigo?

Buen domingo y como siempre, un abrazo de los que molan 🙂

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