EL DIA QUE METI MI VIDA EN UN GOLF BLANCO
Alejandra Fernandez Comentarios 0 comentarios
15 años después, todavía no sé
si fue la decisión correcta.
Un día como hoy, 13 de septiembre, pero de hace 15 años, empujada por el corazón y la aventura, emprendí un camino de ida a un pueblo de nombre impronunciable.
Cargué algunas de mis cosas en un Golf blanco: una bicicleta que usé dos veces en todos estos años, una pala de pádel que jamás pude usar porque el pádel no existía en aquellos lugares, una caja con cartas de amor de una juventud lejana, postales y recuerdos que todavía me acompañan para recordarme mis vidas.
Recorrí más de 2.000 km sin saber muy bien adónde iba. Aunque había estado un par de veces de visita, no había calculado el coste emocional ni las batallas que tendría que librar.
Pedí una excedencia de dos años en un trabajo en el que llevaba nueve años, con posibilidades de crecer, buen sueldo y beneficios. Y partí.
No recuerdo haber sentido miedo, aunque hoy pienso que seguramente lo tenía. Pero había algo dentro de mí que me decía: Súbete al coche y conduce.
En aquella época WhatsApp no era algo común y yo no tenía navegador ni en el coche ni en el móvil. Me imprimí en Google los diferentes tramos de la ruta y ese fue mi mapa.
Yo había hecho mis deberes.
Había pedido una excedencia de dos años, había cargado el coche, había estudiado alemán durante dos meses y había impreso los diferentes tramos de la ruta.
¿Qué podía salir mal?
Todo.
Mi madre me acompañó. Me dijo:
—No voy a dejar que vayas sola a un sitio que no conozco ni sé con quién vas a estar.
Y se subió al coche.
Desayunamos en casa de mi hermana y partimos de Madrid con alegría. Nos despedimos entre risas y abrazos. Era como un viaje de vacaciones sin ser vacaciones.
Otro país. Otro idioma que no hablaba. Había hecho un curso intensivo de dos meses que no me sirvió de mucho cuando llegué, porque además iba a un lugar donde hablaban un dialecto.
El viaje tuvo de todo: momentos tranquilos, dos noches en las que paramos para descansar, sol y lluvia intensa que no me permitía ver los carteles.
La carretera en España la conocía. En Francia había estado varias veces y no me generaba ansiedad.
Hasta que llegamos a Alemania.
Llovía de manera intensa. Apenas se veían los carteles y los coches nos pasaban a más de 180 km/h.
Yo intentaba encontrar en aquellos carteles los nombres que tenía subrayados en mis papeles. No estaban. O quizás estaban, pero no donde yo esperaba. O quizás el problema era que yo no sabía lo que estaba buscando.
En algún momento entendí que habíamos perdido la ruta.
En la desesperación cogí una salida. Necesitaba respirar y tranquilizarme.
El miedo que no había sentido al cargar el coche apareció delante de mí.
No entré en pánico, pero sentí la sensación.
Cogí la primera salida que vi: Karlsruhe. No tenía la menor idea de dónde estaba.
Paré y pregunté a un par de personas. No hablaban inglés.
Frustrada, nerviosa y con miedo, seguí conduciendo hasta que vi un cartel que parecía de autopista y lo cogí.
Volvimos a la carretera. Seguía lloviendo y los coches nos pasaban histéricos en medio de aquella lluvia torrencial.
Siempre digo que no hace falta mirar los carteles para saber cuándo cruzas la frontera y entras en Alemania. Se transforman de repente en corredores de Fórmula 1.
Se acaba la piedad.
En mi inocencia, había impreso tramos de carretera con puntos que yo consideraba importantes. Para mi pesar, no eran los que ellos consideraban importantes y no aparecían en los carteles de la carretera.
Así que, en algún punto entre Karlsruhe y mi destino, volví a perder el camino. Tuve que volver a salir.
Y esta vez la diversión y la aventura desaparecieron por completo.
Me sentí perdida en medio de la nada. En medio de la pampa, como dicen aquí.
Pero rodeada de coches que conducían a más de 180 km/h.
Ya no era solo miedo. Era una sensación mucho más incómoda.
La sensación de haber tomado una decisión enorme y descubrir, en medio de una autopista alemana bajo una lluvia torrencial, que quizás no sabía realmente lo que estaba haciendo.
Y apareció algo que para mí era mucho más difícil: la vulnerabilidad.
Yo quería llegar por mis propios medios. Quería aparecer allí y poder decir: Mira qué valiente soy. He conducido más de 2.000 kilómetros hasta aquí.
Era mi pequeña hazaña. Pero también estaba mi madre. Mi madre, esa mujer fuerte que había decidido acompañarme porque no iba a dejar que me fuera sola a un lugar que no conocía.
Y yo no podía decirle:
—Esto es una locura. Volvamos.
Jamás. ¿Cómo iba a decirle eso?
Ella estaba allí, a mi lado. Había confiado en mí, se había subido a aquel coche y me había acompañado hasta Alemania. No podía decepcionarla.
Tampoco podía decirle a la persona que me esperaba:
—Mira, ¿sabes qué? Esto es tremendamente difícil para mí. No entiendo a la gente cuando habla, estoy terriblemente perdida, se ha hecho de noche, llueve intensamente y todos conducen como locos. No me siento segura.
Y tampoco podía llamar a mi jefe, una semana después de haber pedido una excedencia de dos años, para decirle:
—¿Sabes qué? Me lo he pensado mejor y he vuelto. Hacedme espacio.
Así que seguí.
Hasta que llegó un momento en que tuve que aceptar algo que para mí era todavía más difícil que tener miedo: no podía llegar sola.
Cogí una salida y llamé por teléfono.
—Estoy perdida y no sé dónde estoy.
Dicho hoy parece una frase sencilla. Para mí, aquella noche era pedir auxilio.
Y no estaba acostumbrada.
Fui dándole las indicaciones que veía mientras pensaba si no sería mejor dar la vuelta y volver a casa. Mi casa.
Pero ya no sabía muy bien qué significaba “casa”.
Junté las pocas fuerzas que me quedaban y, con las indicaciones que me habían dado, seguí camino hacia el destino.
Eran las once de la noche cuando aparqué el coche en la dirección que sería mi nueva casa.
La persona que me esperaba también tenía preguntas en la cabeza. Se le notaban en la postura, en la cara.
Pero a los cinco minutos todo empezó a fluir.
Bajamos las cosas del coche, contamos las anécdotas del viaje y nos fuimos a dormir.
Y así terminó aquel día. O quizás ahí empezó todo.
Hoy, mirando hacia atrás, veo a aquella mujer que, con cuatro cosas, se largó a la carretera con destino a un país desconocido, un idioma que solo había escuchado en documentales y que le parecía terriblemente duro, y una sociedad muy lejana a todo lo que hasta entonces había conocido.
Y la pregunta siempre es la misma: ¿De dónde sacamos esa fuerza que nos lleva a hacer cosas que, a simple vista, parecen una locura?
¿De dónde sacamos la fuerza para tomar decisiones que nuestra propia personalidad racional jamás habría considerado sensatas?
No era una mujer impulsiva. No era de lanzarme al vacío. Siempre había pensado en las consecuencias.
Y, sin embargo, aquel día hice exactamente eso.
Durante mucho tiempo pensé que aquella mujer había sido valiente.
Hoy no estoy tan segura. Quizás simplemente había algo dentro de ella que sabía, antes que su cabeza, que tenía que irse.
Quince años después he aprendido un idioma difícil. Me he vuelto resolutiva, más paciente en el país de la impaciencia. He aprendido a escucharme y a valorar lo que he llegado a hacer y a ser.
He aprendido que esas cosas que consideramos “normales”, como un abrazo, son muy potentes y pueden sostenerte.
Que la familia y los amigos son la inversión más fuerte que tengo, porque me han sostenido en momentos duros.
Que escuchar en silencio al cuerpo es una de las mejores formas de vivir en coherencia.
Y, como me dijo una amiga:
—Cuando no sepas qué hacer, es mejor no hacer nada.
He aprendido a disfrutar de las cosas pequeñas de la vida, del presente. Me he puesto a estudiar algo que me ha ayudado a conocerme, entenderme y aceptarme.
Y me he vuelto muy observadora.
Nunca sabré si las decisiones que he tomado en mi vida han sido correctas o no.
Pero, como me dijo otra amiga, cuando algo se te presenta en la vida siempre tienes dos caminos y debes elegir uno de ellos, sabiendo conscientemente que, cuando eliges ese camino, vas a dejar el otro.
Siempre puedes volver atrás. Pero ya no será lo mismo.
Porque aquella noche podía dar la vuelta. Podía conducir de regreso.
Pero algo dentro de mí sabía que, si lo hacía, ya no sería la misma mujer que había salido de Madrid.
Y entonces seguí. No porque supiera que todo iba a salir bien. Seguí porque no sabía cómo iba a salir.
Hace 15 años estaba metiendo mi vida en un Golf blanco.
Hoy estoy sentada en Alemania, a las cinco de la mañana, tomando un té que me traje de Creta y escribiendo sobre aquella mujer.
Hoy, 13 de septiembre de 2026, quince años después, brindo por aquella mujer que metió su vida en un Golf blanco y condujo 2.000 kilómetros sin saber muy bien hacia dónde iba.
No sé si fue la decisión correcta. Pero sé que aquella mujer me trajo hasta aquí.
Durante muchos años pensé en aquella decisión como una aventura.
Hoy, mientras la recuerdo, puedo sentir también la angustia de aquella mujer.
Y quizás eso sea lo que más me conmueve. Que no sabía. No sabía cómo terminaría.
No sabía cuánto iba a durar. No sabía todo lo que iba a perder, ni todo lo que iba a encontrar.
Solo sabía que tenía que conducir.
Quizás la fuerza sea eso: no saber cómo termina la historia y, aun así, conducir.
Nota: La foto la hicimos con las cosas arriba del techo del Golf de broma para asustar al alemán 😀
No se lo creyó de todas formas….
