LA VALENTíA
Alejandra Fernandez Comentarios 6 comentarios
Mis amigos me dicen que soy una persona valiente pero yo no me lo creo. Ellos me recuerdan siempre las hazañas que he realizado en mi vida y aun así, me costaba darme cuenta, hasta hoy.
A veces necesitamos esos momentos flash para comenzar a pensar en cosas que hemos hecho y de repente aparece ese momento ¡OH! que activa ese no sé qué y nos ponemos a pensar en las distintas circunstancias de nuestra vida. Aquí van algunos ejemplos de la mía y espero no aburrirlos:
Con 9 años defendía a un compañero al que siempre, según los términos de ahora, le hacían Bullying. Yo lo defendía del resto de mis compañeros, sin importarme si sería aceptada por ellos. El pobre Leo usaba gafas, era delgado, muy tímido y solo se sonrojaba y no podía articular palabra alguna. Yo me ponía a su lado, me apodaban “la Peti” porque era más pequeña que el resto, y les decía a los otros que lo dejaran en paz. Para mí lo importante en ese momento era que él no se sintiera mal y dejaran de hacerle burla. En ese momento de mi vida, no me preocupaba en absoluto “pertenecer” a un grupo.

En el instituto, con 15 años y en plena guerra de Malvinas, me enfrenté a la gran Profesora García, una mujer, que en paz descanse, no era muy empática, era muy temida por los estudiantes y sus ideas no compatibilizaban con las de niñas de 15 años en pleno proceso de querer defender y ayudar al mundo. La guerra de las Malvinas fue un suceso muy importante para la historia de Argentina y no cabía ninguna ideología que no fuera apoyar a la gente que iba a defender nuestro territorio, dejando de lado las ideas de si fue buena o mala la decisión, o si fue una herramienta política para utilizar a la gente. Nunca entré en discusiones de política, perteneciendo a uno u otro “bando”, siempre seguía las ideas y los valores. Ese enfrentamiento parada en medio de la clase con casi 40 alumnas en plena dictadura argentina significó, entre algunos cosas, que me sacaran de la sala, mientras yo defendía mi postura sin arrepentimiento ni miedo y además que repitiera de curso, porque por más que lo intentara no me aprobaban las materias que me había llevado. No pensé en las consecuencias, a esa edad creo que muy pocos lo hacen.
Mis padres me cambiaron de colegio y para entrar al nuevo colegio debía rendir las materias que tenía pendientes, sin estudiar ni preocuparme me presenté, las aprobé y me preguntaron por qué las había reprobado si sabía muy bien los temas… mi reacción en ese momento fue levantar mis hombros y poner cara de: “vaya usted a saber”, también recuerdo que en ese momento, al aprobar con excelente las materias pendientes, mi pensamiento fue para la Profesora García, porque ahí me di cuenta de su venganza por aquella tremenda discusión y de que yo sí era una buena estudiante. Mi problema nunca fue el estudio, ni siquiera me consideraba rebelde. Era buena estudiante, buena hija y tenía buenos amigos.
Con 20 me fui de casa, luego de una discusión muy fuerte con mi madre, porque me había ido un fin de semana con mi novio y ella no lo había permitido, cosa que a mí no me hizo cambiar de opinión. Me fui a vivir con él y comencé a trabajar. Fue una decisión valiente salir de casa e irme a vivir con él. Mi ahora gran amigo Lucio siempre me lo recuerda, aunque yo no lo veía como él lo veía. Fueron épocas duras. Había muchísima inflación en Argentina, yo venía de vivir en una burbuja, no sabía qué era la inflación ni tener que trabajar para comer. Tuve suerte de que él fuera un gran hombre que me ayudó en la transición de “niña de casa” a “mujer que sale a trabajar”. Trató que de que no sufriera las consecuencias de la situación económica del país, y que viviéramos tranquilos y felices. Nuestra relación duró un par de años más, porque la vida no gira para todos a la misma velocidad. Yo tenía 22 y él 26. Él quería formar una familia y yo quería ver mundo. Y así fue que me fui y alquilé un apartamento con una compañera de trabajo.
Con 34 dejé un excelente trabajo y una casa y me fui a vivir a Madrid. Mi marido, en ese entonces, se había ido 6 meses antes a buscar trabajo. Mi madre y mis hermanos ya estaban allí. Yo me había quedado en Buenos Aires hasta alquilar la casa y que él consiguiera trabajo. Yo tenía un muy buen trabajo en uno de los mejores despachos de abogados de Latinoamérica. Tenía mi lugar, era apreciada por mi trabajo, en esos seis meses sola, el ir y volver a casa y estar conmigo me hacía sentir bien. Tenía gente que estaba pendiente de mí, porque vivía sola en una casa de un barrio en las afueras de Buenos Aires y, aunque podría pensarse que podía ser peligroso, yo estaba tranquila. Los fines de semana por las mañanas, salía a pasear con Bianca, mi Golden retriever, por el barrio donde vivía. Cada día que pasaba yo tenía menos ganas de irme. Cada día me sentía más cómoda conmigo, la estaba pasando bien. Hasta que recibí una llamada telefónica de él diciéndome que ya había alquilado un piso y que podía ir. En ese momento se me presentó la oportunidad de decidir y decidí por él, por mi familia, los amigos, los vecinos. Decidí por el qué dirán. No quería irme. Lo tenía muy claro, pero pesó mucho más la “obligación” de “esposa de”. Llevábamos 4 años casados y “no podía hacerle eso”, con todo lo que él había sufrido, luchado, etc. Ahí iba yo, a sostener algo que no tenía por donde sostenerse, desde mi perspectiva de vida. Creo que en ese momento, al no decidir por mí, bajé un poco los brazos. Renuncié a mi trabajo, alquilé la casa y la noche que me iba a Madrid mi familia y mis amigos vinieron a despedirse y nos llevaron a mí y a mis perras Bianca y Sasha y mi gata Maia al aeropuerto rumbo a Madrid.

Y aquí viene el recuerdo que hoy vino a mí, pensando en situaciones donde me sentí impresionantemente empoderada, valiente, exitosa y que hizo que comenzara a reflexionar sobre distintos momentos de mi vida que voy contando en este texto tan personal e íntimo. Ese momento ¡OH! que activó esa sensación de auto-reconocimiento de mi valentía. Un día, ya en Madrid, comentando que yo necesitaba un coche para mí, porque con uno solo se nos dificultaba ir a trabajar, luego de hablarlo mucho entre nosotros y viendo que él no hacía nada para acompañarme, decidí por mi cuenta comprarme uno. Era algo que yo hacía por mí. Me compré mi primer coche, mi Corsita azul. Recuerdo que el día que tenía que ir a recogerlo le pedí que me acompañara y me dijo que no podía y me dejó sola. Sentí muchísimo miedo de recogerlo y sacarlo de la agencia y hacer los 80km sola hasta casa. Le pedí entonces a una amiga, María, que viniera conmigo y me acompañara los primeros km hasta que me sintiera tranquila. Luego de un par de km, le hice señas de que iba bien y ella se fue, yo estaba con muchísima adrenalina que me hacía sentir muy empoderada. Ese fue un momentazo. Otro momentazo fue cuando, años más tarde, le dije que me iba y me alquilé un pequeño piso en las afueras de Madrid, siempre con el pensamiento presente de: quién te va a alquilar un piso, estando sola, y si no llegas a pagar las cuentas, etc. Pensamientos que, como siempre, dejé atrás y, con mucho miedo di el paso adelante.
Con 43, ya divorciada, y trabajando desde hacía 9 años en una multinacional americana en Madrid, una empresa que me encantaba y donde tenía amigos, conocí a alguien que no vivía en España. Estaba en uno de mis mejores momentos, me sentía libre, me sentía bien. Nos veíamos una vez por mes cuando yo lo visitaba en su pueblo encantador en Alemania o él venía a Madrid. Un año más tarde, renuncié a mi trabajo, dejé mi piso y me mudé a ¡Alemania! sin saber el idioma, sin trabajo, con unos pocos ahorros y una pareja que, en realidad, no conocía mucho. A lo loco, como dirían algunos. Aunque lo pensé y lo hablé muchísimo con mi gente, era algo que no me quitaba el sueño.
Cargué el coche con las pertenencias que pudiera llevar: ropa, bicicleta y un par de cosas más y me hice los casi 3.000 km con el fin de mudarme a Alemania. Me acompañó mi madre, así que llegamos a Francia, hicimos dos paradas, una en Hossegor y la segunda en Estrasburgo, para descansar de noche y seguir al día siguiente.
Al llegar a Alemania fue el caos. Una lluvia intensa que no me dejaba ver los carteles, carteles en alemán (claramente), nos perdimos y no podíamos encontrar cómo llegar y aunque saliera de la autovía para poder preguntar, por más que preguntara no me entendían ni yo los entendía. Me fui con un mapa y las salidas marcadas, pero la lluvia y los coches a más de 180 km por hora hicieron del viaje algo con lo que tuve que lidiar y mucho. Finalmente, a casi 300 km del destino, mi pareja me guio por teléfono hasta llegar a la puerta de su casa.
Instalarme allí ya fue otra cosa, en un pueblo “casi” encantador, sin hablar el idioma, por lo tanto, sin poder comunicarme con la gente, sin trabajo y sin poder integrarme en la nueva comunidad. Fue una época muy difícil. Poco a poco, año tras año, la luz se fue apagando. La cuesta era tremendamente empinada y yo luchaba por subir ¡con sandalias! No me había preparado para vivir en una sociedad a la que me iba a costar muchísimo integrarme. Hasta que un día, luego de casi 10 años dije: Hasta aquí llego yo, Pepe. Le dije que me iba y me alquilé un piso. Otra vez apareció el pensamiento de: quién te va a alquilar un piso aquí, siendo extranjera, estando sola, y si no llegas a pagar las cuentas, etc. Pensamientos que, como siempre, dejé atrás y di el paso adelante. Y la historia se repitió. Ese 2019 fue el quiebre.
Ahí frené en seco y luego de horas de charlas telefónicas con mi gran amigo Lucio ¿recuerdan aquel de cuando yo tenía 20 añitos? Y de mis amigos de toda la vida comencé a pensar en mí. A elegirme, a cuidarme. Comencé a viajar, pero esta vez más por mí, comencé a buscarme, a buscar esa esencia de la niña de 9 años defendiendo, contra viento y marea, a Leo, mi compañero con gafas de la escuela, esa esencia de la casi mujer, que con 15 años, desafió a la autoridad y se comió las consecuencias. Esa mujer que renunció a muy buenos trabajos, ante la mirada estupefacta de la gente, esa mujer que hacía maletas y cambiaba de país, aunque no supiera el idioma y se insertaba en una sociedad que la miraba con desconfianza, todo por una idea, una esperanza, un amor.
Mi momento ¡OH! llegó hoy sábado a las 06:00 de la mañana, tendida aun en la cama, por ese pensamiento que se me cruzó de forma repentina, aquella vez que me compré mi Corsita, y recordé la emoción que sentí.
Hoy me extendí más de la habitual, pero me gustaría preguntarte:
¿Recuerdas qué sentiste cuando te compraste tu primer coche? ¿Qué sentiste cuando te compraste tu primera casa? ¿Qué emoción ocupó tu cuerpo cuando tuviste en tus manos el título de la carrera que estabas estudiando y tanto te había costado? ¿Qué sentiste cuándo terminaste de hacer algo que pensabas que no ibas a poder hacer? ¿Qué emoción sentiste cuando condujiste 400 kilómetros por primera vez sola o solo? Cuando me separé de mi ex-marido me fui a la casa de mi amiga Nerea que vivía en Munguía, cerca de Bilbao. A los 200 kilómetros de Madrid, paré en una gasolinera (estación de servicio) y me bebí una Coca Cola en la barra del bar. Solo pensaba en qué estaba haciendo, que no podía seguir, eran muchos kilómetros y no iba a poder lograrlo. Cuando estaba saliendo del bar, pensé en volver a casa, pero mi vocecita interna me dijo: Si ya has hecho 200 km ¿qué diferencia hay en hacer otros 200 km hacia adelante que hacia atrás? Y ahí decidí seguir. Cuando llegue y aparqué frente a su casa, me bajé temblando del coche y me puse a llorar. Lo había logrado. Atrás quedaban el “no vas a poder” que me decía yo y que me decía mi ex. Las emociones que sentí en ese momento fueron una intensa sensación de Alegría mezclada con un poco de Tristeza. Sentí la Libertad en el cuerpo y los años que había vivido pensando que yo no podía.

El miedo es bueno. No nos olvidemos, no lo demonicemos, nos mantiene alertas, vivos. Pero cuando el miedo nos paraliza y apagamos esa llama que tenemos dentro y nos olvidamos de quienes somos en realidad, nos perdemos. Podemos volvernos pequeños, aun cuando no lo somos y no podemos ver lo grande que somos y todo lo que hemos logrado a lo largo de nuestra vida.
Un ejercicio que me parece excelente es pensar: Hace diez años atrás ¿pensaba yo que hoy iba a estar dónde estoy? Con todo lo que he hecho, logrado, aprendido. No, ni en sueños. La próxima vez que pienses que «no puedes», piensa lo que has hecho para llegar donde estás ahora. Quién eres con lo que has vivido.
Verás, que aunque quizás con miedo, podrás dar ese pequeño paso que te acerque más a lo que quieres lograr.
Como siempre agradezco a mi madre, a mi hermana y a mis amigos que me han acompañado en este peregrinaje que es la vida, que han estado para escucharme, sin juzgarme, sosteniéndome, escuchándome, alentándome, o simplemente dejándome saber que están ahí, para cuando los necesite. A veces cerca, a veces por la distancia muy lejos, pero llevan casi toda mi vida conmigo. Algunas amigas desde el instituto, otras desde la universidad, otros desde la vida misma. Gracias a todos por estar siempre, desde hace tantos años y seguir eligiéndome para estar en vuestras / sus vidas.
Les deseo un fin de semana bonito y les dejo un abrazo de los que molan.
¡No se olviden lo valientes que son!

6 comentarios en «LA VALENTíA»
Querida Ale, un gran resumen de tu vida y de tu valentia.
Ten por cuenta que sin todos esos pequeños pasos que diste en tu vida, ahora no serías quién eres.
Un besazo
Muchisimas gracias querida Marisa! Totalmente cierto. Un abrazo muy fuerte!
que bonito!!!!
Muchas gracias nuevamente por leerme! Buen domingo 🙂
Muchiismas gracias por tu comentario. Por favor marca la casilla «Notificarme los nuevos comentarios por correo electrónico» para recibir mi respuesta. Muchas gracias!
que bonito!!!!