MIEDO AL RIDICULO
Alejandra Fernandez Comentarios 0 comentarios
Hoy les voy a escribir sobre el miedo al ridículo.
¿Cuántas veces, siendo jóvenes hemos mirado a los adultos por cómo se comportaban con cara de vergüenza ajena?
Hemos visto mujeres mayores bailar como si el mundo se acabara mañana. Padres besándose mientras sus hijas se ponen rojas de vergüenza y emiten risas casi imperceptibles, mirando alrededor para ver si alguien más está mirando aquella vergonzosa escena.
Ayer volvía de una fiesta de verano en una pequeña ciudad no lejos de donde yo vivo. El ayuntamiento había puesto autobuses, desde el centro de la ciudad hasta donde se desarrollaba el evento, para que el parking del sitio donde se desarrollaba la fiesta no colapsara. Cuando finalizara el evento debía coger el bus de vuelta para que me llevara adonde había dejado mi coche aparcado. Estaba muy bien organizado.
Cuando decidí volver a casa, luego de disfrutar del evento, fui a la parada donde ya había un autobús esperando, así que me apresuré a subir. Estaban casi todos los asientos ocupados de adolescentes, parejas de más de cincuenta años, familias y yo que decidí viajar parada apoyada en la zona de los carritos de bebé. Eso me permitía tener una visión perfecta del interior del autobús y de la gente.
A mi izquierda iba una familia compuesta de un matrimonio y sus dos hijas que rondarían los 10 o 12 años. En un momento el padre, de forma muy cariñosa, cogió la cabeza de su mujer y le dio un beso. Ella respondió y se dieron un largo beso. Una de las hijas que estaban sentada frente a ellos, se sonrojó y le dijo algo en voz baja a su hermana, que iba sentada a su lado. Las dos los miraron, se rieron y siguieron hablando en voz baja. Mientras cuchicheaban miraban hacia otros sitios para comprobar que nadie más en el bus estuviera mirando esa escena. El padre, al percatarse de la situación, le dio otro beso más apasionado a la madre. Se rieron los cuatro y yo con ellos.
La escena me pareció de una ternura increíble y la disfruté. Cuando se bajaron los cuatro del autobús, me hizo reflexionar sobre el miedo al ridículo y a la vergüenza ajena.
El miedo al ridículo está centrado en uno mismo y en la percepción que tienen los demás de uno, lo que lleva a evitar situaciones. La vergüenza ajena está centrada en los demás, es una reacción emocional hacia el comportamiento de otra persona. En ambos sentimientos tenemos en cuenta, y mucho, la percepción social y las normas de comportamiento que hayamos adquirido.
Cuántas veces hemos dejado de hacer cosas por miedo al qué dirán, por cómo nos puede ver el otro.
Centrándome en el miedo al ridículo, ayer en la fiesta había una zona preparada para jugar a las sombras. Habían puesto una pantalla enorme donde la gente se paraba detrás y con la ayuda de una luz, se podían ver las imágenes del otro lado de la pantalla. Yo veía a la gente buscar sus accesorios: sombreros, espadas de luz, instrumentos musicales de plástico y divertirse como niños detrás de la enorme pantalla blanca, mientras hacían poses y la gente, del otro lado, les sacaba fotos.
Cuando vi que no había nadie detrás de la pantalla, pensé: es mi turno. Cogí un sombrero y junto a una conocida que había encontrado en la fiesta, nos pusimos a hacer todo tipo de poses. Me lo pasé en grande. Al ver luego las fotos pensé: esto debería hacerlo siempre, sin pantalla de por medio.

¿Qué puede pasar? Que alguien diga ¡Qué ridícula! ¿Y? ¿Quién es el que se está divirtiendo?
El miedo al ridículo tiene un importante impacto psicológico en aquellos que lo padecen que se traduce en ansiedad social. Esto significa que las personas pueden vivir evitando situaciones en las que podrían sentirse juzgadas. Otro impacto es la autocensura, lo que lleva a la persona a limitar la expresión auténtica por miedo a la desaprobación o al juicio de los demás.
El miedo al ridículo erosiona de forma gradual, pero constante la autoestima, ya que sentirse ridiculizado puede erosionar la confianza en uno mismo.
¿A qué se debe este miedo al ridículo que experimentamos algunas personas?
Puede deberse a las expectativas que nos imponemos, el listón muy alto personal o que nos hayan impuesto en la familia. Las normas sociales que pueden hacer que uno no se sienta “adecuado” en determinadas situaciones. La comparación con otras personas puede hacer que uno se sienta “menos” e intensifique ese miedo al ridículo. Y, como suele pasar en muchas ocasiones, las experiencias de humillación o burla que hayamos podido vivir en la infancia o en la adolescencia.
El perder el miedo al ridículo hace que te sientas libre de verdad. Te da libertad para hacer muchas cosas que no pensabas que podías hacer. El perder el miedo a la opinión de los demás es un paso enorme para algunos de nosotros.
La forma de poder enfrentarse a esos miedos injustificados es tomar consciencia de ellos y desafiarlos dando pequeños pasos en dirección a lo que tenemos ganas de hacer.
Trabajar en nuestra autoestima es fundamental para ello. Recordar quién eres, qué es lo que te gusta hacer e ir exponiéndote de forma gradual a situaciones que desencadenen esos miedos para desensibilizar y reducir la ansiedad que producen estas situaciones. Y como digo siempre, el contar con el apoyo de amigos o familiares que te ayuden a dar esos pasos de forma gradual.
Te voy a proponer un ejercicio interesante. Cuando tengas un momento de tranquilidad, haz un par de inhalaciones y exhalaciones de forma consciente. Una vez que consigas tranquilizar la mente y el cuerpo, piensa en qué situaciones te aparecen estos miedos.
Ahora coge papel y un boli y divide la hoja en dos de forma vertical. En el lado izquierdo escribe los miedos que tienes, aquellos que generan esa ansiedad que te provoca esa sensación de ridículo.
Ahora, en el lado derecho de la hoja escribe dos frases: que es lo peor que te puede pasar si realizas esa acción que no te permites y que es lo mejor que te puede pasar si actúas.
Escribe sin pensar mucho, escribe lo que te venga al pensamiento.
Una vez que hayas terminado, vuelve a realizar esas respiraciones. Coge el papel y léelo en voz alta.
Si realizas el ejercicio de forma consciente, verás que muchos de esos miedos son injustificados.
El siguiente paso es tomar acción. Sin acción todo se queda dónde está como hasta ahora. Así que ahora coge otra hoja y ve eligiendo de a uno esos miedos que te bloquean y hazte un plan de acción.
¿Cómo es ese plan de acción? Es ir dando pasos de forma gradual, puedes pedirle ayuda a alguna amiga o amigo, para ir desensibilizando ese pensamiento. Verás que funciona.
Si te cuesta pensar en un plan de acción, trata de recordar algo que hayas hecho que te daba miedo y lo has vencido. ¿Qué fue lo que hiciste esa vez para lograrlo?
Todos vivimos de rutinas, nos sentimos cómodos con lo que conocemos. Romper esa estructura y practicar otra, hará que ese miedo vaya desapareciendo hasta que ni te acuerdes y pensarás: Todo de lo que soy capaz de hacer.
Recuerda: “Todos tenemos dos vidas, la segunda empieza cuando te das cuenta de que sólo tenemos una”.
¿Vas a dejar de hacer cosas por miedos injustificados e irracionales? ¿Cuándo vas a vivir la vida que tienes? ¿Y la que deseas?
Buen domingo y un abrazo de los que molan.
PD: Por cierto, yo soy la de la derecha en la foto de las sombras 🙂
