TODOS TENEMOS DOS VIDAS…

TODOS TENEMOS DOS VIDAS…

La segunda empieza cuando nos damos cuenta de que tenemos solamente una.

Esta semana me encontré viviendo una situación de extrema preocupación. No sabía qué hacer, como actuar.

Había visto un par de movimientos diferentes en la casa de mis vecinos y sumado a que soy extranjera y además una persona altamente sensible, estas situaciones no pasaron para mí desapercibidas. La casera se encontraba de vacaciones y no podía preguntarle si había pasado algo.

Mi vida aquí es tranquila y tengo que admitir que luego de 12 años viviendo en Alemania, no adquirí la necesidad de mirar por las ranuras de la persiana o a través de las cortinas el movimiento de cualquiera de mis vecinos, pero unos gritos a mitad de la noche del domingo me despertaron.

Pensé: están de fiesta, luego otro grito y pensé: si grita una vez más algo está pasando y llamo a la policía, pero de repente todo se silenció. Por la tarde al día siguiente veo a uno de los hijos, el mayor de 22 años, sentado en el portal de la casa agarrándose la cabeza.

Un día más tarde, mientras aparcaba el coche al volver del trabajo, veo a una pareja y su hija de unos 12 años entrando de visita a la casa de mis vecinos y a los 5 minutos los veo salir, él con un pañuelo en la mano cerca de la cara, mientras su mujer caminaba a su lado sin mostrar ningún signo de emoción. La hija al lado de ambos caminando de forma tranquila.

Mi mente seguía alterada….algo ha pasado, algo ha pasado y no tengo a quien preguntárselo.

¿Una enfermedad? ¿Un accidente? ¿Será la madre de uno de ellos o el hijo pequeño que yo aún no había visto? A partir de ese momento lo primero que hacia al llegar del trabajo era mirar por la ventana. Las ventanas estaban cerradas, no se veía movimiento, nadie entraba, nadie salía. Mi preocupación se centraba en la madre de alguno de mis vecinos, en mi vecino o el hijo pequeño, que aún no los había visto.

El jueves, día del padre en Alemania, veo salir a la madre con sus dos hijos. Y mi mente fue cerrando el círculo…. ¡hacía días que no lo veía a él! Siempre con una sonrisa en la cara, saludándome siempre.

Y ustedes se preguntaran ¿por qué no fuiste a golpear a la puerta? “Perdona, pero ¿está todo bien? Tengo la sensación de que algo ha pasado… ¿puedo ayudar en algo?”

Podría haberlo hecho, pero resulta que vivo en un pueblo muy pequeño, de unos 400 habitantes solamente. Y tan diferente…..lo que para nosotros puede ser algo normal, preguntarle a un vecino si todo está bien, ofrecer tu ayuda, etc…aquí se llama intromisión.

Mi cuerpo pedía salir de casa e ir a golpear su puerta, pero mi mente decía: espera, no estás en tu país…aquí es diferente.

El jueves no podía más, era festivo, yo estaba en casa y no paraba de pensar. Mi mente altamente sensible barajaba todas las posibles situaciones. Al final decidí recurrir a gente conocida mía, que siempre se enteran de las cosas en la iglesia, en el supermercado o por una llamada telefónica. Pero nadie sabía nada. Busqué en internet si aparecía algo y nada….

El viernes en el trabajo, decidí hablar con un compañero y contarle la situación, considerando la posibilidad de que me catalogara de desquiciada, ya que aquí no están acostumbrados a que venga alguien y te cuente de emociones o situaciones de este estilo.

Mi compañero, por suerte, lo entendió perfectamente y me preguntó: ¿a quién podrías preguntarle que sí podría saber? Y la única opción era la hija de la casera que, además, era amiga cercana de mis vecinos, pero yo la había descartado porque si era algo íntimo no quería meter a gente en “mis sensaciones” y que luego el pueblo hablara de la “desquiciada extranjera”. El me tranquilizó y me dijo: yo te ayudo a escribir algo formal, donde ofrezcas tu ayuda, etc….

Así lo hice y a las dos horas recibí la respuesta. Sí había pasado algo y era terriblemente trágico. Él se había quitado la vida. El mensaje decía textualmente: “No quiso vivir más”.

Mi mundo conocido se derrumbó. No entendía nada, no era algo que se me hubiese cruzado por la cabeza de alguien como él.

Cuando la calefacción de la casa donde vivo se rompió en pleno invierno alemán y el “experto” en calderas del pueblo había venido ya 8 veces a repararla sin poder solucionarlo, él se enteró que estábamos sin calefacción y se calzó los guantes, vino una tarde y la arregló. Esa tarde, mientras él reparaba la caldera charlamos un poco de la vida, de cuánto le gustaba a él esquiar, que había nacido para esquiar ¡le encantaba! Hablamos del trabajo, de mi nueva vida como Coach, hablamos de Coaching, de cómo ayuda a la gente a conseguir objetivos en la vida, además de hablar de mi trabajo “oficial”. Hablamos de Alemania, de España, de Argentina…hablamos un poco de todo. Siempre estaba feliz, era el que organizaba los deportes, fiestas y eventos del pueblo. Sus hijos iban a tenis y a futbol, el salía siempre con su bicicleta. Los sábados por la mañana tengo la costumbre de regar mis plantas del jardín y siempre coincidíamos cuando el salía con su mujer a hacer las compras. Siempre una palabra amable, siempre una sonrisa en la cara, era una persona que le gustaba disfrutar de su cerveza, de sus amigos, de su familia.

Mis pensamientos corrían de un lado a otro, buscando una explicación pero no la encontraban. Pensaba en el dolor de su alma, en el dolor de sus hijos y de su mujer, de sus padres, hermanos.

No había visto gente en la casa, nadie, sólo esa pareja con su hija ese miércoles. Ellos transitando el dolor solos y yo aquí enfrente sintiéndolo, sintiendo esa energía. Y sin poder ir a abrazarlos en su dolor.

En mi país habría gente apoyando, ayudando, cocinando para la familia, acompañando en el sentimiento de desesperanza, de dolor. Abrazando, llorando, recordando los momentos felices vividos juntos. Por estos lares, lo viven solos. Le pregunté a mis compañeros que se hace en estos casos y me dijeron: compra una tarjeta y déjasela en el buzón de la casa. Ayer compré la tarjeta y aún no he podido ir.

Y a pesar de intentar ser racional y recordar todo lo leído sobre estas situaciones, aun no me lo creo. A veces pienso, es una jugarreta de mi mente y cuando salga al jardín, ahí estará Michael con su cortadora de césped y una cerveza en la mano y su sonrisa.

Ayer hablando de esto con Vane, mi hermana, que es una persona muy sabia, me dijo: uno va caminando el camino, el cerebro se expande, no está encerrado entre cuatro paredes. Uno va buscando y va encontrando y se abren nuevos caminos. No depende de donde vivas, de cuánto dinero ganes, sino de buscar tu felicidad.

Para la mayoría de la gente es muy complicado, estamos la mayoría en un trabajo que no nos gusta, quizás en una vida insatisfecha, sí, es cierto. ¿Pero qué haces tú para cambiar la perspectiva? Cuando a mí me preguntan qué hago aquí, en un país tan diferente, sin sentir la dicha de vivir con mi gente, mi respuesta es: es un paso y me está sirviendo para el siguiente. Y lo vivo así, disfrutando el camino.

Como mi hermana me dijo: Nosotras somos así, de vivir la vida con lo que tenemos, de ser felices con lo que hay, siempre con las tristezas y las peleas que hay con la vida, pero somos agradecidos a la vida y eso la gente no lo entiende, le cuesta, la gente se pregunta: ¿Cómo puede ser feliz, como puede encontrar, como lo hace, cómo puede vivir así? ¿Cómo puede ser feliz mirando un pato?

Y ahí, amigos míos, está la respuesta. Es disfrutar cada día con lo que se tiene, aquí y ahora. Yo no puedo quedarme sentada llorando porque mi familia y amigos están lejos, porque el trabajo que me paga mis cuentas no es el trabajo de mi vida, pero ¿saben qué? Desde mi perspectiva, este trabajo, como dijo una vez mi gran mentor Oscar Modrego, es mi socio capitalista: me paga mis cuentas, con lo que puedo dormir tranquila, gracias al trabajo descubrí mi pasión, el Coaching y me descubrí a mí misma. Trabajo todo el año para ahorrar y poder ver a mi gente con mis seis sentidos y disfrutarlos como si cada vez fuera la última vez.

Este fin de semana lo utilizaré para procesar lo sucedido y seguir agradeciendo a la vida.

Descansa en Paz.

Al finalizar este texto, logré tomar la tarjeta en mis manos e ir a tocar el timbre de mi vecina. Nos abrazamos, me ofreció un café y me contó lo bonito que había sido el último día que vivieron juntos. A veces la vida es terriblemente jodida, pero como me dijo ella, la vida continúa y hay que seguir adelante. Nunca mejor dicho.

Gracias a mi madre y a mi hermana que están siempre ahí para sujetarme en momentos difíciles, a mis amigos y a los conocidos que siempre están ahí para escucharme y ayudarme.

 

 

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