De mercadillos de Navidad y otros cuentos

De mercadillos de Navidad y otros cuentos

Ayer fui al mercadillo de Navidad de Nürnberg.

Un amigo me preguntó si quería ir el sábado a algún mercadillo de Navidad, le dije genial. Tenemos varios para ir que están relativamente cerca. Yo, por eso de no querer molestar porque iba a conducir él, elegí los más cercanos pero él sugirió ir al de Nürnberg. Es uno de los más grandes y bonitos que hay en Alemania.

Y yo pensé: que buena idea, además necesito un bonito par de guantes. Los míos se habían descosido y son tan buenos que buscaba algunos similares, que sólo por internet o en alguna ciudad medianamente grande podía conseguir.
Mis guantes tienen su historia, son de piel, calentitos porque están rellenos de lana de cachemir y me encantan. Un buen día de invierno, hace ya 15 años aproximadamente,  al volver de hacer una gestión en el centro de Madrid, subo a mi coche y delante mío había un coche aparcado, recuerdo hasta la marca, era un Porsche Cayenne oscuro, bonito, reluciente, con el giro puesto para salir. Yo esperé a que saliera él primero y cuando se fue, vi algo oscuro en el suelo, me acerqué con mi coche y al bajar la ventanilla del lado del conductor, me di cuenta que eran unos guantes negros. Miré los guantes en el suelo, caídos seguramente del bolso de la mujer que se acababa de subir del lado del acompañante del Porsche y miré al coche, con desesperación, le hice luces largas, pero era de día y el conductor no se percató. Me bajé de mi coche, los cogí rápidamente, volví a subir y conduje en la misma dirección que el Porsche. Pero ya había desaparecido entre la multitud de coches que pasan por ahí un día de semana por Madrid. Pensé en la mujer que los había perdido, en sus guantes nuevos. Me invadió un sentimiento de pena, los tenía ahí… al lado mío, no sabía qué hacer. Al llegar a casa los revisé y me di cuenta de su alta calidad. Eran de piel negra, flexible, el diseño era muy bonito, la lana de cachemir que parecía dar calor a las manos. Se veían caros y de excelente calidad, pero los dejé guardados en un cajón. Me quedé todo el día pensando en la mujer y sus guantes negros que habían caído en mis manos. Creo que estuvieron en ese cajón durante bastante tiempo, hasta que un día buscando otra cosa, los ví y les dije: ¿Qué le vamos a hacer? Habéis caído en mis manos, así que bienvenidos a casa. Eran nuevos, preciosos, calentitos. Y ese día me dije, pues Ale, están contigo ¿los vas a tener guardados por si alguien aparece a reclamarlos? Así que me han acompañado estos 15 años, de los cuales 12 años han sido mi fiel compañía aquí en Alemania, con sus duros inviernos. Pero hace una semana dijeron basta…ya está. Y uno de los dedos se ha descosido, están ya cuarteados y quieren descansar de una vez. Ese día le agradecí a la mujer que los perdió, diciéndole que los había cuidado muy bien y a ellos porque habían protegido mis manos durante muchos años. Ellos eran la excusa perfecta para ir a Nürnberg, Así que nos dirigimos allí.

Atasco de 1 hora y media más tarde, creí que caía en la desesperación. Al lograr aparcar me dije: ya está, ahora a buscar los guantes y disfrutar del mercadillo, de su Glühwein y de los puestos. Pero no fue así. Tengo una especie de relación de amor-odio con esa ciudad. Me apetece mucho ir, pero cuando llego me pone de mal humor. La ciudad en sí es bonita, sus calles, sus edificios. Es una ciudad muy alemana, tradicional, muy bávara pero siento su decadencia. Al caminar me cruzo con gente que necesita demostrar su riqueza con sus abrigos caros y sus peinados, sus coches enormes buscando sitio para aparcar donde no lo hay. Del otro lado ves gente durmiendo en la calle, pidiendo dinero. La diferencia de clases es muy notoria. Con esa sensación yo buscaba mis guantes y la ciudad estaba llena de gente. Cada paso que daba me generaba malestar…estaba pendiente de ello para poder gestionarlo.

A las emociones hay que escucharlas y prestarles atención para poder entendernos y aprender para situaciones futuras. Es la única forma de aprender de nosotros mismos, y evitar reacciones que luego nos dejan, quizás, mal parados. Así que yo con esa sensación de malestar, entraba y salía de tiendas, y más que escuchar a las vendedoras, me escuchaba a mí, me observaba. ¿Qué era lo que causaba esa sensación física? Y hoy escribiendo, me doy cuenta que mi intuición me dice cuando si y cuando no. Y yo ya antes había descartado ir a Nürnberg porque sabía que iba a haber una masa de gente que me iba a impedir poder disfrutar del mercadillo. Y aun así dije sí y fui. En ese momento de decidir, no escuché a mi intuición.

Le dije a mi acompañante que no me gustaba aquello, no encontraba mis guantes, así que decidimos dirigirnos al mercadillo. Madre del amor hermoso, como decía Mónica, una ex jefa en Madrid. Que cantidad de gente, nunca había visto algo así. Esto iba de mal en peor. Decidí en ese momento respirar profundo y gestionar la sensación de agobio que me daba ver esa masa de gente. Nos fuimos adentrando en la multitud y no podía moverme prácticamente, ni acercarme a ningún puesto de venta de artículos de Navidad, ni comer las ricas Bratwurst ¡ni beber el Glühwein! Ìbamos caminando apretujados por la masa. En ese momento la sensación de agobio fue in crescendo y pensé: me largo a llorar aquí mismo…y pensé: Ale, sal de aquí y busca el restaurante bonito que te gusta, el Bratwursthäusle. Es un sitio típico al lado del mercadillo. Le dije a mi acompañante: vamos para allí, a lo que me respondió que no íbamos a conseguir lugar y yo lo contesté: o tal vez sí. Así que allí fuimos y ni bien entrar, preguntamos y nos sentaron en una mesa. Que sensación de paz. Me sentía en calma, tranquila, pensando en disfrutar de unas ricas Bratwurst con una cerveza bien alemana. Y así fue. La calma volvió a mí, cenamos tranquilamente, charlamos, sacamos fotos y al salir ya estaba en paz conmigo y con el mundo. Nos fuimos por otra calle al lugar donde habíamos dejado el coche y para casa.

Me di cuenta, y además hace un par de noches lo soñé, que cuando mis expectativas no se cumplen, me pongo de mal humor, me agobio. Así que esa es una tarea que me he propuesto para el 2024: Soltar expectativas, estructuras mentales que me dicen de antemano como deberían ser las cosas y ser más flexible, para poder disfrutar llueva o salga el sol.

Este mes de Diciembre, que se acaba el año, estoy con mis reflexiones de este 2023 que se va y lo que para lo que venga en el 2024, lo que quiero trabajar, lo que quiero cambiar para ser una mejor persona ¡más aun!

Muchos están hablando ahora de la moda del autoconocimiento, de si es la nueva religión y muchas cosas más, de buscar la felicidad y todo eso. La verdad, desde el fondo de mi corazón, que si autoconocerse es este camino, yo no pienso abandonar la senda. Me siento mucho mejor conmigo, me permite disfrutar mi vida, me alejo de lo que no me gusta y elijo que quiero hacer y ser. Y todo esto me permite vivir de forma más tranquila, lo que me lleva a tener paz y por consiguiente a ser feliz con mi vida. ¿Qué hay cosas de quiero cambiar? ¡Por supuesto! Pero siguiendo este sendero sé que voy por el buen camino.

Y tú ¿qué tienes pensado para este cierre de año? ¿O para el que comienza?

Feliz domingo y un abrazo de los que molan!

2 comentarios en «De mercadillos de Navidad y otros cuentos»

  1. Me encantó leerte y por medio de tus palabras logré vivir lo que sentiste desde cuando encontraste los guantes de la mujer en el piso, lo que te generaron durante los 15 años que te acompañaron, y lo que sentiste del mercadillo con tantas personas caminando cerca. También el disfrute de las salchichas con la bebida y sobre todo las reflexiones sobre el autoconocimiento y ese camino que estás transitando para vivir más feliz y con mayor bienestar. Un abrazo Ale

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