MIGRAR ES INFELICIDAD?
Alejandra Fernandez Comentarios 0 comentarios
Hace unos días, navegando por Instagram, me encontré con una entrevista en la que el locutor le preguntaba a Gabriel Rolón, un reconocido escritor argentino: “El amigo argentino que vive en Italia… ¿es feliz? ¿O, aunque esté bien económicamente y sus hijos hablen italiano, sigue escuchando la radio argentina, pensando en sus amigos, y en el fondo no logra serlo?”
Rolón respondió con seguridad: “Puede haber excepciones, pero uno de los peores dolores es el exilio. El castigo de los griegos era el destierro… ¿qué mayor sufrimiento puede haber que no ser uno mismo en otro lugar? Uno se convierte en otra persona. Ya no se ríe igual, no tiene con quién tomarse un café, contaba compartiendo una escena de una película argentina donde uno de los personajes le contaba al amigo que si lo viera en Nueva York no lo reconocería, ya que no era el mismo en aquella ciudad.”
Foto de mi propiedad
Desde que escuché ésto, sus palabras siguen rondando y no logro quitármelas de la cabeza, porque algo me rechina. El hecho de que yo eche de menos el dulce de leche o tomarme unos mates con facturas con amigos ¿hace que yo sea infeliz? ¿No es que la felicidad son esos pequeños momentos que construimos a diario? Porque si bien emigrar remueve hasta lo más profundo, no creo que sea necesariamente un sinónimo de perder la risa ni de vivir condenado a la nostalgia. No creo que el hecho de escuchar la radio de nuestro país nos convierta en exiliados. Al contrario: pienso que en la experiencia de emigrar hay un matiz más amplio, más luminoso, que nos invita a repensar qué significa ser “uno mismo” en otro lugar.
¿Emigrar te hace infeliz o te transforma?
A veces leo frases como: “el que se va nunca es feliz”, “si escuchas la música de tu país vives en un exilio”, “en otro lugar no eres tú”… y me pregunto: ¿de verdad es así? ¿O será que emigrar no nos arranca la felicidad, sino que nos invita a redefinirla?
Emigrar es mucho más que cambiar de país: es dejar atrás lo conocido y abrirse a lo incierto. Claro que duele extrañar, claro que duele no sentirse del todo reconocido por quienes nos rodean. Pero también es cierto que cada raíz que parecía arrancada encuentra nuevas formas de crecer.
Es como el Ginkgo biloba, un árbol que ha sido trasplantado en tantos países y, aunque al principio parece delicado, pronto sus raíces se afirman con fuerza sin perder la savia que lo sostiene. Así también nosotros, al emigrar, descubrimos que nuestra identidad puede echar raíces nuevas sin renunciar a la esencia que nos alimenta. La esencia, que no se pierde, es quien somos, quien fuimos y quien nos invita a ser.
La nostalgia no significa infelicidad. Escuchar la música de origen no nos condena al exilio: nos conecta con nuestra historia, nos recuerda quiénes somos y desde dónde venimos. Porque la identidad no se pierde, se expande. Somos las dos cosas: lo que trajimos y lo que vamos creando.
¿Que uno “no es uno” en otro país? Tal vez sí, y ahí está el regalo: dejar de ser la versión fija y atrevernos a descubrir facetas nuevas, a reconocer que podemos ser más grandes de lo que pensábamos., alguien que jamás soñamos que podiamos llegar a ser. Emigrar no es renunciar a la felicidad; es aprender a construirla en un terreno nuevo, con los ladrillos de lo que fuimos y la esperanza de lo que estamos siendo. Te dejo unas preguntas para la semana:
- ¿Qué parte de tu identidad sientes que se fortaleció desde que emigraste?
- ¿Qué costumbre, música o ritual de tu origen te da alegría en tu día a día, en lugar de tristeza?
- ¿En qué pequeños gestos reconoces que tu felicidad hoy es una mezcla de lo que trajiste y lo que encontraste?
Yo por ejemplo aprendí a conectar con la gente desde otro lugar, a saltar la barrera de la timidez y me atreví a hacer cosas nuevas que jamás había pensado que haría. Aprendí a hacer dulce de leche, medialunas, pasta casera, dulce de membrillo, que luego compartí con la cultura local. Aprendí de resiliencia, de emociones. Aprendí a conocerme.

Porque emigrar no es abandonar la felicidad en tu lugar de origen, es aprender a desarrollarla en el sitio en el que estás. Es abrirse a otra cultura, dejarse sorprender por otros amaneceres y atardeceres, aprender una lengua nueva… pero siempre siendo tú: tu esencia, tu corazón que late igual en cualquier lugar, a veces más emocionado, a veces menos. Emigrar es desarrollar esa sensibilidad que te permite conocerte mejor y aprender de resiliencia, como las raíces del Ginkgo, que se aferran con fuerza y siguen creciendo, incluso lejos de su Japón querido.
Esta semana, regálate un momento para escribir o compartir con alguien cercano qué es lo que hoy te hace sentir felicidad en tu camino migrante.
Un abrazo de los que molan 🙂